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Para acabar la semana en la que no ha habido críticas literarias ni cinéfilas, os vuelvo a dejar un cuento muy especial, acompañado, a su vez, de su narración en vivo y en directo. Una muestra de cómo cambia un relato del papel a la voz.

LA SOLEDAD

El Titiritero se sienta, como cada mañana, ante su mesa de trabajo. Los trozos de madera que ya ha empezado a perfilar aguardan, expectantes, para descubrir qué nuevo personaje van a ser. Los títeres ya acabados observan, desde sus estanterías, el prodigio que consiguen las manos del Titiritero. Siempre han querido decirle que lo que hace es maravilloso, pero no lo consiguen. Todavía no han aprendido a hablar. Además, él siempre ha considerado que lo suyo es un oficio, no un arte, y seguramente la opinión de unos trozos de madera a los que ha dado forma tampoco le harían cambiar de idea.

Coge la primera figura inacabada que hay en la mesa e intenta recordar qué había decidido hacer con ella. Se levanta y se pasea por el taller con la madera en la mano, como si los ojos pintados que le observan desde las paredes pudieran recordarle la decisión que tomó la noche anterior. Sabe que debería apuntar este tipo de cosas en un papel y dejarlo junto a cada trozo de madera, pero nunca lo hace. Le gusta trabajar así.

Mientras pasea, enumera mentalmente todos los personajes a los que ha dado vida, todas las historias que ha inventado gracias a ellos y por un instante todo el taller se llena de imágenes y cuentos que ha dejado que ocurrieran. Sin embargo, cada vez que piensa en estas historias, en todos los nombres que ha dado a sus títeres, siente una punzada en el estómago. Siente como se le para el cuerpo, cómo se detiene el corazón y esos ojos pintados le pesan más que nada en este mundo. Sí, quizás sea cierto que crea grandes personajes y grandes historias, y que tanto pequeños como mayores disfrutan con los espectáculos que ofrece. Pero eso sólo está en la superficie. Más adentro, allá donde los ojos de pintura no pueden ver, allá donde su oficio no es más que eso, siente que todos estos seres de madera le han ocupado una vida que ahora está vacía, de la que no sabe salir, en la que está completamente solo.

El Titiritero observa los labios rojos de una de sus últimas creaciones. Es una mujer bella. Siempre las crea bellas, pero ésta lo es todavía más. Le gustaría poder tener alguien así a su lado, de carne y hueso. Real. Pero no sabe dónde buscar. No sabe tan siquiera buscar. Por eso se encierra entre estas paredes a dar rienda suelta a todas las posibles vidas que no ha tenido.

Vuelve a sentarse ante su mesa de trabajo, incapaz de recordar qué había decidido hacer la noche anterior. Observa los pedazos de madera que tienen que dar forma y movimiento a este nuevo personaje desconocido. ¿Qué puede hacer? Ya lo ha hecho todo. Tiene decenas de títeres rodeándole. Con la mitad podría hacer casi todas las historias que representa. Y sin embargo, no puede dejar de crear. Necesita tener las manos ocupadas, la cabeza atenta para que no se le vaya en pensamientos como los que acaba de tener. ¿Qué puede hacer? ¿Qué personaje nuevo puede necesitar? Quizás podría inventar una nueva historia. Así tal vez pudiera descubrir a quién crear. Pero ¿qué historias no vividas le quedan por contar? Ya no se le ocurre ninguna.

Y entonces, sin saber muy bien por qué, le asalta una idea, tal vez descabellada, pero una idea al fin y al cabo. Podría contar su historia. La que sí ha vivido. Podría crearse a sí mismo en madera. Pero, ¿con quién interactuaría? Sonríe. Acaba de pensar algo… Algo todavía más absurdo, pero que, quizás, precisamente por eso podría funcionar. El Titiritero sabe con quién interactúa más, si es que se le puede llamar así. Es con la soledad. Con la Soledad con mayúsculas. Este es el personaje al que tiene que dar forma. Y contar la historia de cómo la soledad se ha apoderado de él, de cómo se ha dejado cazar por ella, de cómo en su vida sólo ha conocido a esta mujer que es transparente, pero a la que ahora podrá dar vida.
No sabe muy bien cómo puede ser la Soledad. Sabe que es una mujer. Y sabe que, en el fondo, es más bella que ninguna de las que ha creado; es la que permanece, la que no se va. Por eso le va dando forma con cuidado, intentando poner en ella todos sus sentimientos, todo su dolor, porque es ella la que sigue allí, la que ha tomado el puesto que debería haber tomado una mujer de verdad. Y por lo tanto, debe ser más bella incluso que ella.

En pocos días ya ha acabado a la Soledad y al Titiritero. Con este segundo no sabe identificarse. Nunca antes había creado a un títere basándose en alguien real, así que nunca se había tenido que parecer a nadie. Ahora que ha decidido crearse a sí mismo, no cree haber conseguido un buen resultado.

No piensan lo mismo los otros títeres que le observan fascinados desde los estantes. Jamás lo habían visto trabajar tan bien y tan rápido. Saben que algo va a pasar, que estas nuevas creaciones van a cambiar la vida del Titiritero. No saben cómo, pero lo saben. Por eso sonríen, de una manera imperceptible que sólo otra madera puede entender. Él ignora esa sonrisa. También ignora que las predicciones de esos ojos de pintura no van mal encaminadas.

La primera representación que hace con sus nuevas creaciones y su recién estrenada historia es un éxito. Siempre lo es cuando se trata de una historia de amor. Y la historia que ha decidido escribir es una de aquellas que narran un amor desgarrador. Tan desgarrador, que como final de la historia, ha pensado que la Soledad acabe con el Titiritero. Aunque para él es simplemente metafórico, ha decidido que le debe dar una forma clara al final de la historia, para que el público pueda entenderlo. Por eso, cuando se están acercando ya los últimos minutos de la obra, deja que la Soledad abrace al Titiritero de madera; que lo abrace con todo el amor que tiene por él. Y poco a poco, desde su puesto de creador, hace que los hilos de la Soledad se enreden sobre ese Titiritero incapaz de escapar de ella. Lentamente, mientras las luces se centran en esa figura enlazada, sus manos hacen que la Soledad ahogue con sus hilos al Titiritero, dejando claro que ella ha podido con él.

El aplauso final llena de orgullo al inventor, que va desenredando a sus dos últimos títeres y con ellos dedica al público un saludo, que es el suyo.

Al quedar la sala vacía, lo recoge todo y lleva a la Soledad y al Titiritero a su sitio entre todos los otros títeres, apaga las luces y se va a dormir, contento de haber podido sacar algo bueno de la tristeza que siempre le acompaña, de ese silencio con que su habitación lo recibe cada noche. Se tumba sobre su cama en la oscuridad, cierra los ojos e imagina que realmente existe esa mujer, que realmente está junto a ella y que la puede abrazar. Sin que los ojos pintados puedan ver lo que pasa tras la puerta del taller, el Titiritero se pierde en esa ensoñación. Se deja llevar poco a poco por ese abrazo imaginario, por ese calor que nota junto a su cuerpo, por esa emoción de sentir que al fin la ha encontrado y que ella no se va a esfumar.

Cuando a la mañana siguiente los títeres no ven al Titiritero entrar por la puerta como siempre, observan a su yo de madera y a esa Soledad que sigue abrazada a él, dejándole sin aire, dejándole sin vida. 

Y aquí os dejo el vídeo de la narración: http://youtu.be/QuokNSp1hdg

Espero que lo disfrutéis.

Inés Macpherson

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