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A veces, la música propone historias. Aquí os dejo dos pequeñas historias y la música que las inspiró:

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DE MAR Y ARENA, por Inés Macpherson
(basado en Le Onde, de Ludovico Einauldi: http://youtu.be/Vg-0DFNTBm0)

Primero

Intento acercarme, pero no puedo. Siempre llega alguien antes que yo, y cuando lo consigo, nunca permanezco. Siempre condenado a retirarme una y otra vez, efímero contacto de tu piel con la mía, si es que lo que tenemos es piel.

Intento escapar de mis hermanas, llegar primero, saborearte primero, dejar en tus entrañas alguna marca, alguna señal de que he estado allí, para que me recuerdes. Pero mis hermanas se sublevan, corren más que yo, se amontonan y me dejan atrás mientras lucho por hacerme notar.

Cuando al fin mis dedos, mis labios y todo mi ser te acaricia, la unión es perfecta. Probablemente lo sea también con todas las anteriores, pero dudo que ellas sientan lo que yo. Esa búsqueda incansable de esa costa en la que sé que tengo una posibilidad de quedarme. La arena es volátil, me absorbe pero enseguida desaparezco, como si no hubiese existido. En cambio, las rocas me abrazan. Años de esfuerzos han hecho que en ellas se abran recovecos, pequeñas piscinas en las que deslizarme y hablar contigo, saborearte, que tú me saborees y al menos dejar un pequeño pedazo de mí, una historia que te pueda acompañar, ni que sea unas horas. Con eso me conformo. Después, volveré a viajar, a mezclarme con mis hermanas, a visitar el mundo entero para descubrir todos sus secretos. Pero siempre volveré. Volveré a besarte, a acariciarte con todo mi ser hasta que ya no quede nada de mí, sólo el recuerdo en tus rocas, que guardarán mi esencia, que seguirán escuchando mis historias, las que te traigo desde los confines del mundo, ese en el que tú también habitas, tierra.

Segundo

Cuenta la leyenda que, antes de que el mundo fuera mundo, la tierra desconocía lo que era el agua. Su superficie, con sus valles inmensos y profundos y sus montañas que intentaban tocar el cielo estaba plagada de árboles, de prados, pero no de agua.

Cuenta la leyenda que, en el universo, las estrellas vivían en armonía, observando la inmensidad. No se les permitía opinar ni sentir más allá de lo que puede un corazón de estrella. Como máximo, se podían amar entre ellas, cruzar el universo la una en pos de la otra creando una estela de poderosa luz que inspirara a las otras estrellas que nacen, a las otras que todavía no han sido capaces de abandonar su posición de observadoras ni se han atrevido a volar.

También cuenta la leyenda que un día, hace tanto tiempo que nadie se acuerda, una estrella rompió todas las reglas y se enamoró. Contemplando la oscura inmensidad en la que habitaba, descubrió un pequeño planeta verde muy cerca del sol, ese astro incandescente al que nadie se atrevía a hablar. Se fijó en la Tierra, en cada uno de sus rincones, en cada uno de sus secretos… y supo que era especial. Ni aunque lo hubiese intentado podría haber evitado el calor que sentía dentro, las ganas de poder acercarse a la tierra, tocarla, recorrerla. Si lo que las otras estrellas contaban era cierto, aquello era amor. Y no un amor de estrella. Era algo más, porque las estrellas sólo podían perseguirse, nunca tocarse. Y ella deseaba poderse deslizar, acariciar aquel planeta silencioso.

El problema era que siendo estrella no podía poseer la tierra, ni acariciarla, ni tan siquiera hablarle, susurrarle a la arena lo mucho que quería estar con ella, sentirse parte de ella hasta formar un todo. Las otras estrellas se burlaban de ella: una estrella no se enamora, mucho menos de un planeta como ese. ¿Qué utilidad puede tener algo así para una estrella? ¿Qué belleza podía encontrar en ese lugar? Las estrellas debían amarse entre ellas, perseguirse por el universo creando un baile de luz y color que dejaba una estela que las otras estrellas podían observar. Cuanto más grande era la estela que dejaban, más grande era su amor y más grande la leyenda que crecía a su alrededor. ¿Cómo iba a perseguir a un planeta que daba vueltas al sol? Nunca podría dejar una estela con él. La Tierra no tenía. ¿Acaso quería ser la única estrella solitaria que no tenía una pareja con la que cruzar el infinito? La pequeña estrella nunca replicaba a las preguntas de sus compañeras. Sabía que tenían razón: era contra natura lo que ella sentía. Pero, ¿y qué? No podía evitarlo. Cada vez que la Tierra se cruzaba en su visión sabía que aquel era su lugar. No quería estar en el cielo. No quería perseguir estrellas por todo el universo, ni descubrir si existía un límite al infinito. Quería reposar junto a la Tierra, deshacerse en ella, recorrerla por todas partes, darle color, darle algo que no tuviera.

Aunque como estrella se suponía que ella no podía escapar a su destino de estrella, lo consiguió. En el momento en que el destino había decidido que ella se convirtiera en una estrella fugaz, en una estrella que persiguiera a otra, ella consiguió escapar de su trayectoria, y cruzó el universo hacia el planeta. Su luz irradiaba como ninguna otra estrella jamás había irradiado. Su estela era la más poderosa que jamás se haya visto. Por un instante, viendo la velocidad que había tomado, el fuego que habitaba en ella, las otras estrellas creyeron que iba a morir antes de llegar a la Tierra, o peor aún, que por la fuerza que llevaba dentro consumiera aquel planeta antes de poder consumar su amor. Pero estaban equivocadas. No chocó con la Tierra. Se fundió en ella. Y la estrella, para darle a su amada lo único que no tenía, decidió transformar su ser en uno de los bienes más preciados del planeta: el agua; el mar. Por eso, el mar siempre retorna a la tierra, una y otra vez, a veces presa de la pasión, a veces como una simple caricia, pero siempre vuelve, eternamente, a cada ola, para acariciarla.

Inés Macpherson

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