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En ocasiones, es necesario llegar al extremo, al exceso e incluso al absurdo para poder mostrar claramente y crudamente lo que se oculta tras la fachada de la normalidad, de lo habitual, de lo familiar. Algunas de las películas y algunos de los cuentos de Woody Allen llevan ciertas situaciones cotidianas hasta el límite de lo absurdo para que, mediante la carcajada o la extrañeza, seamos capaces de comprender la crítica que subyace. Algo parecido hace Tracy Letts en su obra teatral Agosto, que John Wells ha llevado al cine con un elenco magnífico de actores.

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No he tenido el placer de poder disfrutar de la representación teatral de esta obra, pero sí de su adaptación a la gran pantalla y debo decir que, a pesar de las escenas de diálogos excesivos y explosivos que muchos tildan de poco creíbles, en esta obra subyacen ciertas críticas que no se deben dejar de lado y que no podrían hacerse sin llegar a ciertos extremos. No es, por supuesto, la primera cinta que se trata de desgarrar y abrir en canal las entrañas de una familia. Sin ir más lejos, ya lo hizo Thomas Vinterberg en 1998 con su Festen (Celebración), en la que podíamos ver cómo, en medio de una celebración familiar, empezaban a aflorar todos los trapos sucios habidos y por haber de la familia. ¿A qué conclusión podemos llegar con esto? Pues que son muchos los autores que han comprendido la hipocresía que une en muchas ocasiones a las familias dispuestas a ofrecer una imagen de perfección cuando lo que hay detrás está rompiéndose a pedazos desde hace tiempo. También son muchos los que comprenden la necesidad de huir de una familia a la que se rechazan, para acabar cometiendo los mismos errores que tanto despreciaban. Agosto tiene un poco de ambas cosas, y una pizca de muchas más.

Agosto nos narra una reunión familiar, pero a diferencia de Festen, dicha reunión no es para celebrar nada, sino a raíz de una tragedia: la desaparición del padre. La cinta empieza en el momento en que éste, Beverly Weston, contrata a una cuidadora para que se haga cargo de la casa y de ellos. Alcohólico confeso, es consciente de la adicción a los fármacos que el cáncer le ha provocado a su mujer, pero no hace nada para evitarlo, de la misma manera que él no deja de beber. Un día, Beverly desaparece y la familia empieza a unirse para buscarle y descubrir que ha muerto. Las circunstancias de la muerte se irán descubriendo poco a poco, pero más allá del dolor de la pérdida, lo que les queda a las mujeres Weston es una gran cantidad de dolor, soledad y rencor que nunca han dejado salir y que encontrará al fin una vía de escape. A medida que se reúnen, se van destapando silencios que ocultaban secretos que desvelan el mecanismo interno de una familia incapaz de comunicar, incapaz de aceptarse e incapaz de amar. Curiosamente, tanto Ivy Weston (Julianne Nicholson), la hija a la que todo el mundo ningunea, de la que todo el mundo espera que haga lo que se le dice, como Little Charles (Benedict Cumberbatch), a quien todo el mundo desprecia porque es algo lento o, lo que vendría a ser lo mismo, distinto a los miembros de la familia sádicos y salvajes que le rodean, son quizás los que mejor intentan huir de ese desmoronamiento crítico, mordaz e hiriente en el que vive la familia. Eso sí, que lo consigan o no es otra cosa.

Una vez se inicia el juego de la verdad, nadie está a salvo de los insultos, los desprecios y los secretos que se desparraman sobre la mesa. Desprecio por no haber conseguido lo que se esperaba de una hija; desprecio porque la hija que tiene que cuidar de la familia quiere independizarse; desprecio porque otra hija intente encontrar el amor buscando de flor en flor… Desprecio por no ser tan fuerte como la madre, esa Violet Weston interpretada por una impresionante y desmesurada Meryl Streep, que consigue sacar lo peor de sus hijas. La lucha de poder entre Violet y su hija Barbara (interpretada por una Julia Roberts que consigue transmitir una autenticidad poco habitual en ella) tiene momentos hilarantes y momentos desgarradores (a veces es la misma escena que produce ambos sentimientos), pero sirve para demostrar que, en ocasiones, contra más luchas para evitar ser alguien, más números tienes para convertirte en ese alguien.

Una mención aparte merecen los hombres de la familia. Ewan McGregor, que interpreta al marido de Barbara, está correcto, pero no sublime. Benedict Cumberbatch, como siempre, nos demuestra que sabe crear personajes por muy pequeños que sean. Y Chris Cooper, que interpreta a Charles Aiken, el tío de las chicas, está magnífico. De hecho, vale la pena solo que por el momento en que se planta ante su mujer y le pregunta a qué viene esa necesidad de ser cruel. Porque es lo que todos nosotros nos preguntamos: por qué todas necesitan escupirse; por qué todas se hieren entre ellas y a sí mismas, por qué se niegan, por qué se desprecian…

Muchos de los resúmenes de la película hablan de la maldición que pesa sobre las mujeres de la familia Weston, condenadas a no ser felices nunca. Pero es más que eso. Hay un peso principal que las ha ahogado siempre y es el de su madre, una mujer que se considera mejor que nadie, más dura, más fuerte y más mujer que ninguna y que, sin embargo, no tuvo el coraje de reconocer el dolor que sentía en su interior y actuar en consecuencia. Se respira un tour de force entre Violet y su marido, a ver quién aguanta más, como si la vida fuera eso y no disfrutar de los pequeños momentos. Y ese mismo tour de force se traslada a las hermanas porque es lo que han vivido. ¿Cómo amar cuando nadie te ha enseñado qué es el amor? ¿Cómo vivir si nadie te ha dejado vivir realmente, si siempre has estado bajo la sombra dominante de una persona que nunca ha apreciado nada de lo que tenías?

Quizás no sea la mejor película del año. Quizás sea cierto que la profundidad de la obra de teatro le dé mil vueltas a la película, que se queda un poco más en la superficie. Y quizás sea cierto que el giro dramático final sea rizar el rizo en exceso cuando ya se había destripado a todo el mundo. Pero lo que está claro es que este exceso familiar extremo sabe conmover, porque habla de la soledad, del sacrificio, del silencio, del dolor y de la necesidad de ser uno mismo aunque nadie a tu alrededor te lo permita.

Inés Macpherson