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Hay momentos en los que cuesta opinar sobre una película, sobre todo cuando lo que hace es golpear y despertar una sensación desgarradora de injusticia e impotencia ante un hecho que, a pesar de ser lejano en el tiempo, demuestra una parte de la naturaleza humana que es deleznable. Eso es lo que provoca, al menos a una servidora, la nueva película de Steve McQueen, 12 años de esclavitud.

12 años esclavitud

Steve McQueen ya ha demostrado en otras ocasiones su capacidad de llevar a la pantalla las entrañas del ser humano y todas las sombras que en ellas habitan. Todavía no he podido ver Hunger, su primera película, pero sí que pude disfrutar de la memorable y fascinante Shame, interpretadas ambas por Michael Fassbender que, por cierto, también aparece en 12 años de esclavitud realizando una interpretación impecable que demuestra que Steve McQueen sabe sacar lo mejor de este hombre. Si en Shame se nos ofrecía el descenso al infierno personal de un hombre perdido en el sexo como mecanismo para no sentir, para no ser ni mostrar la vulnerabilidad que oculta detrás de su fachada de triunfador, en 12 años de esclavitud nos regala un retrato sin tapujos sobre la aberrante y obscena injusticia que supuso durante tanto tiempo la esclavitud. Y digo esclavitud en general porque, a pesar de que la película está situada en Estados Unidos, la esclavitud fue moneda de cambio durante mucho tiempo en muchos países y continentes; muchos fueron los seres humanos que se creyeron mejores que otros para esclavizar y despreciar a otros seres humanos; muchos fueron los que se enriquecieron a costa de vender a seres humanos como ganado. ¿Con qué derecho? Con ninguno, aunque ellos creyeran que sí.

El caso que 12 años de esclavitud presenta es, además, una historia doblemente desgarradora porque, además de estar basada en hechos reales, muestra una práctica retorcida: secuestro de personas libres para venderlas como esclavos. Solomon Northup, interpretado brillantemente por Chiwetel Ejiofor, es un hombre libre que, de la noche a la mañana pasa de tener una familia y una vida respetable, a recibir latigazos por no acatar las órdenes, por negarse a ser esclavo; condenado a sobrevivir, cuando a lo que él estaba acostumbrado era a vivir.

Las interpretaciones de todos los actores que aparecen en esta película son memorables, hecho que demuestra la maestría con la que Steve McQueen sabe dirigir a los actores. Lo mismo ocurre con las escenas: sabe cómo hacer que duela, que podamos sentir cómo se desgarra la carne, como el dolor recorre todo el cuerpo. Muestra sin pudor la profanación del cuerpo y del alma humana creando momentos en los que el sonido del látigo es tan real que da escalofríos. Nos muestra de nuevo una carnalidad apabullante que hace que lo que vemos resulte mucho más real. Poco a poco nos conduce por ese mundo en el que unos cuantos se creyeron por encima de otros hasta el punto de considerar como posesiones a otros seres humanos. Y lo hace sin caer en el melodrama. Uno puede llegar a llorar, pero de rabia, porque nota cómo se le encienden las entrañas al contemplar de una forma tan aplastante una realidad que, por desgracia, sigue teniendo ecos en el odio y el desprecio a los otros que muchos seres humanos siguen teniendo, y en la explotación que unos ejercen sobre otros para obtener más beneficios.

12 años de esclavitud es, en definitiva, una película brutal y desgarradora, capaz de mostrar el horror que muchas personas sufrieron en sus carnes sin ocultar dicho horror; una película que te agarra las entrañas porque muestra las entrañas; que abre en canal una de las sombras más despreciables del ser humano y que las expone sin pudor. Una película que denuncia una injusticia pasada que despierta un dolor muy actual. Imprescindible, aunque dolorosa.

Inés Macpherson