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Si una cosa caracteriza al director Danny Boyle es su irregularidad. Ha sido capaz de crear joyas del séptimo arte como Trainspotting, ha conseguido conmover a la academia americana con la oscarizada Slumdog Millionaire, pero a su vez es el creador de películas como La playa o su última cinta, Trance, una especie de juego de malabares que intenta emular al Origen de Nolan, pero sin conseguirlo.

Trance dos

Protagonizada por un James McAvoy que parece estar en estado de gracia últimamente y con un Vicent Cassel que al final se va a cansar de hacer siempre el mismo papel, Trance parte de una buena premisa. Quiere dar una vuelta de tuerca a las películas de robo y lo hace a través de la amnesia. ¿Qué pasaría si robaras algo y luego no recordaras dónde lo has escondido? Como premisa es buena. Y la idea de recurrir a la hipnosis para desentrañar el misterio de la mente del protagonista es también una buena idea, ya que permite engañar al espectador con un juego de luces que le impiden saber qué es lo que está ocurriendo en el momento y qué es fruto del recuerdo de Simon (James McAvoy). Pero a partir de aquí, la cosa falla. Es cierto que la película tiene un ritmo que te puede mantener atento y alerta, pero hay un punto en el que lo único que quieres es decirle al director, o al guionista, o a los dos, que ya basta, que no cuela.

Cuando Christopher Nolan nos regaló Origen, muchas personas comentaron lo confusa que podía llegar a ser la película, que en ocasiones los propios personajes se explicaban mutuamente lo que estaba pasando para que así lo comprendiera el espectador y que eso le quitaba valor a la cinta (opinión que yo, personalmente, no comparto, pero eso ya sería otro tema). Pero una vez se ha visto Trance, la película de Nolan parece lo más sencillo del mundo, no porque no sea compleja, sino porque, de hecho, está perfectamente ordenada, trazada y planteada; no hay caos. Si uno sigue atentamente la película sabe en cada momento dónde está, en qué fase del sueño se encuentra y a dónde se dirigen los personajes. En cambio, por mucho que uno se esfuerce en seguir los giros, regiros, túneles y bifurcaciones que crean John Hodge y Joe Ahearne, guionistas de Trance, es imposible saber si lo que estás viendo forma parte de la realidad, de un recuerdo, de una memoria implantada, borrada o manipulada. Si bien es cierto que eso ayuda a ponerse en la piel del protagonista y a comprender que se sienta perdido hasta la extenuación, también ayuda a que el espectador se canse y no se trague la resolución final que, dicho sea de paso, puedes intuir a grandes rasgos en el minuto diez.

Es una pena que premisas tan buenas acaben desembocando en películas que no les hacen justicia. Algo parecido sentí cuando vi La isla, de Michael Bay, con Ewan McGregor y Scarlett Johansson. Si quitamos el hecho de que en el tráiler desvelaban uno de los misterios más interesantes de la película (si alguien no la ha visto, aquí va un spoiler, pero en el maldito tráiler ya se decía que eran clones), la película parecía fascinante. Pero lo que podía ser una película de ciencia ficción que reflexionaba sobre los límites de la ciencia y de la vida, se convertía en una película de acción con caídas imposibles de las que los protagonistas salen sin un rasguño para acabar con un final edulcorado que desmerecía la premisa de la que partía el film. En el caso de Trance, también hay una sobredosis, pero no es tanto de acción como de imágenes superpuestas, que se suceden y se acumulan en la retina del espectador hasta saturarlo. Es una pena. Pero quizás en la siguiente Danny Boyle nos vuelva a sorprender…