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Cuando en 2002 Liliana Cavani dirigió El juego de Ripley (Ripley’s Game), con el papel de Tom Ripley interpretado por un magistral John Malkovich, recuerdo que me vino a la mente una pregunta: ¿cómo una persona con una capacidad extraordinaria de apreciar y emocionarse con la belleza, con la estética, es capaz, a su vez, de cometer los crímenes más fríos y despiadados sin ni tan solo inmutarse? Parece que Vicente Garrido y Nieves Abarca han ido un poco más allá y, tanto en Crímenes exquisitos, como en la recién publicada Martyrium (Ediciones Versátil), hacen que un psicópata mezcle el arte y sus pulsiones homicidas hasta tal punto que el asesino solo puede crear verdadero arte cuando la obra está viva… o lo estaba, ya que debe arrancarles la vida a sus víctimas para crear obras verdaderamente artísticas.

 

martyrium

ARGUMENTO

Martyrium retoma los personajes y las tramas que ya aparecieron en Crímenes exquisitos, pero nos hace dejar España para adentrarnos en las calles de Roma, en sus iglesias, en sus misterios. Pero no encontraremos únicamente a Valentina Negro y a Javier Sanjuán. Entre sus páginas nos toparemos con personajes de aquellos que uno espera que sólo existan en la ficción, porque producen un rechazo visceral solo con leer su nombre en el papel. Y es que la trama se complica, se expande y se adentra en otras sombras del ser humano.

Pedro Mendiluce ha conseguido orquestar desde la cárcel una serie de operaciones que tendrían que permitirle salir libre de todas las acusaciones que recaen sobre su persona. Para ello, un profesional, peligroso y sin escrúpulos, secuestra a Marta, la hija de la magistrada Rebeca de Palacios, para chantajearla y obligarla a que firme una sentencia de inocencia. Ante esta situación, Rebeca de Palacios llama a Valentina Negro, amiga de la infancia, para que vaya a Roma a rescatar a su hija.

Mientras, en Roma, una serie de asesinatos están conmocionando la ciudad. Javier Sanjuán se verá implicado en la investigación de los crímenes tras haber sido invitado a la ciudad por Alessandro Marforio, el hermano de una de las víctimas, que quiere encontrar al asesino cueste lo que cueste.

OPINIÓN

Uno de los aspectos más interesantes de esta novela y que demuestra que los autores saben perfectamente lo que están haciendo en cada momento es que, a pesar de saber quién es el asesino – lo sabemos porque aparece en el primer capítulo y porque los autores nos dejan entrar en su mente en diversas ocasiones, algo bastante perturbador, ya que ver el mundo a través de un ser como ese no es agradable –, seguimos leyendo y pasando páginas. Estamos acostumbrados a que las novelas nos mientan, jueguen con nosotros y nos sorprendan al final, revelando por fin toda la verdad que ha estado oculta desde el principio. En cambio, Vicente Garrido y Nieves Abarca consiguen que queramos seguir leyendo. Es probable que sepamos cómo acabará la historia, pero su manera de escribir y de adentrarse en la mente de cada uno de los personajes es admirable y es, probablemente por eso, por lo que seguimos leyendo.

Sin embargo, la trama no es de esas en las que pasas las páginas como si no hubiera un mañana. Es una trama que avanza a un ritmo que nunca se detiene pero que nunca se acelera. Lo que nos interesa no es descubrir al asesino (ya sabemos quién es), sino adentrarnos en la mente de los personajes, ver cómo reaccionan, cómo se las arreglan para desentrañar los misterios que nosotros ya sabemos pero ellos desconocen. Nos podemos identificar con las ansias de venganza de Alessandro Marforio, con la desesperación de Rebeca de Palacios, obligada a renunciar a todo lo que cree por amor a su hija, o con el miedo que siente Javier Sanjuán al descubrir quién anda suelto por Roma. Se trata de ir conociendo a todos los que habitan estas páginas y adentrarse en la psique humana que, en alguno de los protagonistas, es realmente perturbadora.

La capacidad descriptiva que destila este libro entronca con el anterior. Es detallista hasta llegar al límite de lo insoportable, no porque los detalles cansen, sino porque incomodan, revuelven la tripa del lector, que ve cómo, página tras página, el horror se desgrana lentamente y de una manera casi palpable. Hay momentos en que necesitas cerrar el libro, no porque no esté bien escrito, sino por todo lo contrario. Su implacable capacidad de entrar en la mente humana, en la de todos y cada uno de sus personajes y ahondar en sus pulsiones, en sus miedos y en sus deseos hace que, en ocasiones sea difícil no visualizar lo que narran los protagonistas. Y claro, cuando entramos en la mente de Patrick Doyle o Giovanni Nero, lo cierto es que ver lo que ellos ven y sentir lo que ellos sienten es realmente inquietante. La crueldad, la humillación y la brutalidad sexual; el desprecio y las ansias que el asesino transmite de ver el dolor ajeno y el placer que eso le provoca hacen que el lector se revuelva en su asiento.

Cuando la ficción es tan precisa y transmite en primera persona ciertos horrores, uno se pregunta qué le pasa al ser humano. Porque solo hay que poner las noticias para escuchar casos de secuestros, violaciones, trata de blancas y horrores diversos. ¿Quién fue el que consideró que por tener cerebro y capacidad de razonar éramos mejores que los animales, que éramos seres morales? Es precisamente esa capacidad de pensar, de maquinar, lo que hace que, en ocasiones, nos convirtamos en algo peor que una bestia. Theodor Adorno ya se reveló ante el horror de los nazis y se preguntó cómo era posible que un ser racional hiciera eso. ¿Cómo? Porque aplicaron la razón y crearon una maquinaria, una fábrica de muerte. Algunos de los personajes de Vicente Garrido y Nieves Abarca hacen que nos preguntemos cómo es posible que el ser humano sea capaz de despreciar tanto la vida humana. Una pregunta que, tras cerrar el libro al haber llegado a la última página, uno sigue planteándose durante varios días.

Una lectura que, en definitiva, no deja indiferente.