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La Caza (The hunt) del danés Thomas Vinterberg, es una de esas películas impactantes tanto por su temática como por su estética. Nos narra la historia de Lucas, un hombre corriente que se está recuperando tras un difícil divorcio: trabaja en una guardería, donde todos los niños le adoran, ha conocido a una mujer y parece que su hijo adolescente, Marcus, está decidido a vivir con él. Parece que todo va a mejor. Hasta que un día, un comentario, una frase, una mentira se convierte en una gran bola que arrasa con la vida de Lucas y lo hunde en la peor de las pesadillas. La mentira se extiende, todo el mundo la cree, y el odio empieza a echar raíces. Porque el odio siempre encuentra suelo dónde agarrarse. Si a la facilidad del odio por encontrar víctimas contra las que escupir le añadimos un tema tan doloroso y espantoso como puede ser el abuso a menores, comprenderemos por qué la vida de un hombre puede convertirse en un infierno.

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Lucas, interpretado por un magistral Mads Mikkelsen, quien ganó el premio al mejor actor en el Festival de Cannes 2012 probablemente por la autenticidad que transmite a su personaje, es víctima de una mentira, sí; pero también de la mala praxis de los profesionales. Es cierto que en muchos casos de abusos, las víctimas callan, por vergüenza, porque les duele demasiado recordar… por infinidad de motivos. Pero también es cierto que no puedes inducir a una persona a confesar algo que no dice. Y eso es lo que la maestra Grethe y el psicólogo de la escuela hacen: inducir, poner en boca de una alumna cosas que ella no ha dicho. Y allí empieza todo. Una mentira se convierte en algo real. Y al ser un tema tan espinoso, se siembra la alarma social, la histeria colectiva. Decir a un padre que es posible que sus hijos hayan sufrido abusos sexuales y que uno de los síntomas es que el niño/a se haga pipí en la cama o tenga pesadillas, cuando se trata de niño de cuatro o cinco años, es como alentar a que todo el mundo sospeche. Porque todos los niños tienen pesadillas. ¿Cómo diferenciar si son fruto de un sueño o de un abuso cuando ya se ha dictado sentencia popular?

Esta película pone sobre la mesa asuntos muy peliagudos y lo hace de manera magistral. Consigue que estés desesperado en tu asiento del cine con ganas de repartir hostias por todas partes para que la gente entre en razón. Afirmar que un niño nunca miente es una afirmación muy arriesgada y probablemente falsa, pero a eso se aferran los personajes de la película, incapaces de creer, en cambio, que Lucas dice la verdad. Incluso cuando se puede demostrar que lo que han contado los niños es falso, se aferran a la culpabilidad de Lucas. Necesitan un monstruo a quien culpar, porque no pueden soportar la idea de que sus hijos mientan. ¿Por qué? Porque la paranoia y el odio tienen suelo bien abonado en la humanidad. Vemos como se degrada el ser humano, como el desprecio es cada vez mayor hasta llegar a la crueldad, el acoso más repugnante y el hundimiento por completo de la vida de una persona.

Hace años, Scott Elliot realizó Mi mapa del mundo (A Map of the World, 1999), con Sigourney Weaver y Julianne Moore. En esta película, las tragedias se unían para crear una situación dramática en muchos sentidos, pero también en este caso se acusaba a una persona de abusos sexuales. ¿Por qué? Porque un niño le había cogido manía y decidió mentir. ¿El niño es consciente de lo que eso implicará? Probablemente no. Pero ya es demasiado tarde cuando se tira la bomba y explota y todo el mundo a su alrededor cree lo peor. ¿Dónde está el límite de la credibilidad de una persona, sea niño o adulto? ¿Cómo convences a alguien que las pruebas indican que alguien es inocente, cuando esa persona no puede ni quiere creérselo? Los prejuicios, prejuzgar a la gente, son elementos habituales que aparecen a lo largo de la historia del ser humano y que dicen mucho de su capacidad emocional.

Más allá del debate que puede plantear una película como esta, hay que reconocer la labor del director y los actores, brillantes todos ellos, en una película que sabe medir cada secuencia y que deja que el tiempo externo sea un reflejo del frío que va llenando las venas y las almas de los conciudadanos de Lucas.

Se trata de un drama muy bien interpretado, magníficamente estructurado (con sus silencios, sus espacios cerrados, sus miradas) y con una capacidad de crear tensión que hace que el espectador, al menos una servidora, viva en su propia carne el horror, la injusticia y la desesperación del protagonista. Y si a eso le añadimos un final abierto (ojo que va spoiler) que da una pequeña pincelada del animal, de la bestia que habita el ser humano y que de vez en cuando sale a cazar para saciar su sed animal y olvidar que hace siglos los seres humanos hicieron el pacto de respetarse y de respetar la ley (bueno, en teoría, que hay un gran número de seres humanos que no lo hacen), al llegar a los títulos de crédito te descubres malpensando del ser humano y sufriendo por Lucas aunque las luces ya se han encendido.