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UN DRAGON PARA UNA PRINCESA
De Isabel Alba. Ilustraciones de Jesús Gabán
©LIBRAIRIE LAROUSSE
EDI, 6, S.A. – 1982

dragon-rose

(imatge de http://bzonamarta.blogspot.com.es/2008/04/sant-jordi-malgrat-el-pas-del-temps.html)

Había una vez, hace muy poco tiempo, en un país lejano, un anciano rey que acababa de tener una hija.
La vieja corte gobernada por aquel rey conservaba sus antiguas costumbres; por eso necesitaban, para el bautizo de la niña, un par de hadas. Cuando el rey y la reina eran jóvenes se encontraban hadas, buenas y malas, por todas partes: en las cocinas, en las caballerizas, en los bosques… Hasta en los cuartos de la plancha. El mundo estaba repleto de hadas. Pero ahora que había tan pocas princesas ya no quedaba casi ningún hada. La mayoría se habían marchado a lejanas tierras en busca de nuevos trabajos; otras habían preferido estudiar, dedicarse al deporte o hacerse estrellas de cine.
Los reyes mandaron emisarios por todo su reino en busca de hadas; hasta se ofrecieron inmensas recompensas a quien encontrara alguna. Al fin, una mañana, se presentaron dos: una buena y otra mala, como debía ser.
Los reyes, contentísimos, lo prepararon todo para el bautizo. Hicieron invitaciones para sus amigos, organizaron un enorme banquete y compraron una cuna nueva a la princesita para tan importante día.
Las pobres hadas, aunque conocían perfectamente cuál era su obligación, estaban muy asustadas. Hacía tanto tiempo que no se dedicaban a su oficio que ni siquiera tenía ya varita mágica. Los reyes intentaron animarlas. Su trabajo era sencillo: sólo debían expresar un deseo cada una y ese deseo se tenía que cumplir por encima de todo. A eso se reducía la ceremonia.
Y llegó el gran día.
En el salón de palacio se habían reunido, desde horas antes de la fijada para el bautizo, todos los personajes importantes de la corte. Los reyes, sentados en sus tronos y con la cunita de la princesa a sus pies, esperaban muy emocionados el momento en que deberían aparecer las dos hadas.
Cuando éstas entraron en la habitación se hizo un profundo silencio. Había llegado la hora en que se decidiría el futuro de la princesa. Ambas hadas se acercaron a pasitos lentos a la cuna de la niña. Una vez allí, el hada mala, que sabía muy bien lo que tenía que decir porque lo había leído muchas veces en los cuentos, anunció en voz muy alta para darse más importancia:
-Yo, la única hada mala que queda en este reino, declaro que esta niña, al cumplir los quince años, será raptada por un terrible dragón.
A continuación todos esperaron las palabras del hada buena. Pero ésta, que ya era muy viejecita y estaba algo sorda, no sabía que le tocaba hablar.
El hada mala intentó hacérselo comprender por medio de varios codazos y, como no lo conseguía, le gritó:
-¡¡Te toca a ti!!
-¡Ah, sí! – dijo el hada buena -. Un príncipe rescatará a la princesa y se casará con ella.
Y por si acaso no lo habían oído, repitió muchas veces:
-¡Se casará con un príncipe! ¡Se casará con un príncipe!

La princesa creció feliz hasta los quince años. Era muy inteligente y hermosa y esperaba impaciente el momento en que debería raptarla el dragón.
Pero pasaron los meses y ningún dragón venía a buscarla. Luego pasaron los años, y el dragón continuaba sin aparecer. El rey y la reina estaban desesperados. Si no encontraban pronto un dragón que quisiera secuestrar a la princesa, ningún príncipe vendría a salvarla. La princesa no tendría otro remedio que quedarse siempre en el castillo, soltera y aburridísima.
El problema era que en el mundo ya no quedaban dragones. Por más que habían buscado, no habían encontrado ninguno. Los habitantes de aquel país, que querían mucho a los reyes y a la princesa, se pusieron a pensar y a pensar para encontrar una solución a tan grave problema. Por fin decidieron que, si ya no existían dragones, lo único que se podía hacer era fabricar uno. La técnica estaba muy adelantada, no sería difícil hacer un robot-dragón. Y dicho y hecho. Escribieron a una importante fábrica de robots y ésta les envió las instrucciones sobre «cómo hacer un dragón moderno en su propia casa». El pueblo entero se puso manos a la obra y en menos de un mes había fabricado el dragón más asombroso que jamás se ha visto sobre la tierra. Se trataba de un robot-dragón gigantesco, con mando a distancia. No echaba fuego por la boca como los antiguos dragones pero tenía todas las ventajas modernas. Era capaz de lavar en pocos minutos la ropa sucia del país y repartirla casa por casa limpia y seca en menos de una hora. Llevaba incorporado un despertador electrónico, un radio cassette y hasta televisor en color, y diversos videojuegos para que la princesa no se aburriera mientras tuviese que estar con él en espera de que el príncipe la rescatara. Además, sabía cantar, bailar, tocar el violín y la guitarra eléctrica y hacer fuegos artificiales.
El pueblo estaba encantado con él. En pocos días, no sólo había raptado a la princesa, sino que también había ayudada a las amas de casa en sus trabajos, había entretenido a los niños y había dado tres conciertos en la plaza. Sólo faltaba que el príncipe viniera a rescatar a la princesa.
No muy lejos de allí vivía un rey que tenía un único hijo llamado Penduro. El rey estaba tan harto de la inutilidad de su hijo – que era bastante bruto – que, al enterarse de que al fin la princesa había sido raptada por un dragón, no dudó un minuto y envió a Penduro a salvarla. Casarle con la princesa sería una gran suerte.
Penduro llegó una mañana al país vecino dispuesto a matar a su temible enemigo. Llevaba armadura, espada y escudo. Cuál no sería su sorpresa al encontrarse con que el reino estaba de fiesta. El dragón paseaba por las calles llevando sobre su lomo a la hija del rey. Todos le aclamaban a su paso. Nunca en aquel país había reinado de tal forma la alegría ni se habían divertido tanto como desde la fabricación del robot-dragón.
La aparición de un príncipe dispuesto a terminar con el dragón desagradó hasta a los mismos reyes. Solamente la princesa estaba contenta. Al fin un príncipe, un príncipe de verdad, había venido a rescatarla y a casarse con ella. El combate entre el dragón y su futuro esposo debía celebrarse lo antes posible.
No hubo manera de convencerla de lo contrario; además, no se podía contradecir a las hadas que, cuando ella nació, habían decidido su destino. La lucha se fijó para la mañana siguiente. Pero había un problema. El dragón era de hierro y el príncipe jamás podría vencerlo. Había que buscar un tipo de lucha más igualada. Al fin, alguien tuvo una idea: se jugarían a la princesa al ajedrez. El dragón era un gran jugador de ajedrez y el príncipe tampoco lo hacía mal.
A la mañana siguiente todo el pueblo acudió a la plaza. Allí, en presencia del rey, la reina y la princesa, que estaba muy emocionada, se celebraría el combate. La partida fue reñida. Al principio iban igualados. Luego, el dragón, para darle mayor emoción al juego, permitió al príncipe que le ganara durante un ratito para vencerle al final.
Los habitantes de aquel país eran felices. Su robot-dragón había ganado. El príncipe no tendría más remedio que irse y dejarles en paz. Todo volvería a ser como en los últimos días. Para celebrarlo, tiraron serpentinas e hicieron una fabulosa fiesta.
Pero la princesa no estaba satisfecha. No había derecho a que por culpa de aquel dragón tuviera que quedarse sola y aburrida para siempre. Las hadas habían asegurado que se casaría con un príncipe y no podían equivocarse. El príncipe tampoco era feliz. Le gustaba la princesa y jamás podría volver a su reino sin ella. Su padre se enfadaría con él y le echaría de palacio. Por eso, decidió quedarse durante unos días en aquel país para ver si daba con alguna solución. Y la solución no se hizo esperar.
Una mañana, cuando la reina fue a despertar a la princesa, vio que ésta no estaba en su cama. La buscó por el palacio; la buscó por el jardín; la buscó por todo el pueblo y no la encontró.
Miles de mensajeros fueron de un lado a otro preguntando por ella a todo el mundo. Alguien tenía que haberla visto por alguna parte.
Una mañana apareció un pastor que sabía dónde estaba la princesa. Penduro, el príncipe, se la había llevado a lomos de su caballo blanco en dirección a su reino. El rey y la reina escribieron al padre de Penduro y éste les contestó que la princesa y su hijo se habían casado y vivían felices en su palacio. Los reyes y todos sus súbditos quedaron muy satisfechos. Las cosas se habían solucionado al gusto de todos:

Ellos tenían su dragón y la princesa tenía su príncipe.