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Antes de ir a ver Oz, un mundo de fantasía, de Sam Raimi, hay que tener en cuenta dos factores que están relacionados. El primero: es una producción de Disney. Y el segundo es que se trata de un cuento, o una fábula si se prefiere.

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Oz no es una película de acción, ni es una película de aventuras. Se acerca más a un viaje interior para descubrirse a uno mismo (de hecho, para que Oscar Diggs, el protagonista, se descubra a sí mismo). No es nada más que eso. El tráiler quiere mostrar una película sorprendente y activa, pero no lo es. Para mí, se acerca más a un cuento que trata algunos de los temas básicos que se han tratado a lo largo de la historia del cine (y probablemente de la literatura también): la lucha entre el bien y el mal, el amor, la conciencia de que todo acto tiene sus consecuencias y el descubrimiento de uno mismo y de los potenciales que uno tiene. Uno de los mensajes que más veces se repite es que, si se tiene fe (en uno mismo o en otra persona), esa fe será tan poderosa que conseguirá que las cosas ocurran. De hecho, aunque el mago no es el mago que estaban esperando ni el que necesitan, si creen en él (y sobre todo si él cree en sí mismo) conseguirán la victoria.

Ya desde el principio, Oz parece haber bebido de las influencias de Tim Burton (curiosamente la banda sonora es de Danny Elfman, uno de los preferidos de Burton). No sé si voluntariamente, pero Sam Raimi ha absorbido aspectos de las últimas películas de este director, como por ejemplo Alicia en el País de las Maravillas. Las primeras escenas de la llegada de Oscar al mundo de Oz, así como el viaje en pompa que hacen los personajes, con flores de rubís y esmeralda abriéndose a su paso, recuerdan a la estética de esta película, así como a su Charlie y la Fábrica de chocolate. Otro aspecto que puede recordar a Burton es el juego entre el blanco y negro y el color. Si en La Novia Cadáver, Burton dotaba al mundo de los muertos de color y vida, mientras el mundo de los vivos era triste y en blanco y negro, aquí Raimi juega con la misma idea: el mundo real es gris y el de Oz está lleno de color y magia. No digo que no sea una buena manera de diferenciar ambos mundos y de dar juego a la magia, pero me resulta curioso tanto paralelismo.

Por otro lado, hay que decir que, a pesar de tener unos efectos visuales interesantes y en ocasiones muy logrados, hay momentos en que cae en el exceso. Hay escenas innecesarias y cuadros visuales que sólo alargan el metraje (precisamente el largo metraje es uno de los problemas de la película, pues hace que la acción arranque tarde). Durante parte de la película lo único que hacemos es pasear por Oz. Si uno espera algo de acción, esta no es su película, porque los guionistas han decidido darle importancia al mago, a su viaje, tanto físico como interior, y no a la batalla. Se quiere hacer hincapié en que incluso los más débiles y los menos preparados tienen opciones, tienen cualidades, y si las saben usar, pueden llevarles muy lejos. Ni es un mal mensaje ni es una mala opción para comprender que todos llevamos un mago dentro… Pero tal vez sí que haya sido una mala opción la elección del actor principal, pues James Franco no consigue transmitir ni las dudas ni los miedos de Oscar. Es más, en ocasiones parece que intente emular al Jack Sparrow de Johnny Depp, en lugar de crear su propio Oz.

De Mila Kunis, que interpreta a Theodora, se ha dicho que deja mucho que desear y que ha quedado lejos la interpretación que realizó en Cisne Negro, de Darren Aronofsky. Si se comparan ambos papeles, el de Theodora sale perdiendo, pero es que hay que tener en cuenta que la profundidad de este personaje no tiene nada que ver con el que interpretaba junto a Natalie Portman. Theodora es un estereotipo, como las otras dos brujas. De la misma manera que Glida (Michelle Williams) representa la sabiduría y el bien (curiosamente va vestida de blanco, otro estereotipo) y Evanora (una correcta, aunque tampoco deslumbrante, Rachel Weisz) representa la traición, el engaño y el mal, Theodora es la representación de esa bruja buena que, debido a su ingenuidad y su vulnerabilidad, puede ser engañada y conducida hacia el mal y convertirse en su más peligroso exponente. Y es que hay que recordar que una mujer despechada es peligrosa, y si encima tiene poderes mágicos, es todavía peor.

En definitiva, Oz, un mundo de fantasía es un cuento. Gustará más o menos, pero es lo que es. No aspira a ser nada más y no le podemos pedir mucho más (quizás un metraje más corto y un mejor actor). No es ni mucho menos una gran película, pero tiene algún acierto que no hay que despreciar.

Inés Macpherson

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