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De óxido y hueso es una película extraña. Inspirada en la recopilación de historias de Craig Davidson que lleva el mismo título – y que todavía no he leído, mal me pese -, aunque no basada en ninguna de los relatos, es una película física en el sentido amplio de la película. Es una cinta cruda, visualmente impactante, donde se muestra una lucha por salir del pozo en el que uno habita, por huir de la realidad que se planta ante nosotros y parece que no podemos evitar.

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Y es que tanto el personaje de Ali (interpretado por un visceral Matthias Schoenaerts) como el de Stephanie (interpretado por una Marion Cotillard en estado de gloria, brillante y brutal) tienen dos realidades en las que a ninguno nos gustaría vivir. Ali y su hijo Sam (al que casi ni conoce y no sabe cómo tratar porque no está acostumbrado al afecto y mucho menos a dar muestras de él), llegan a Antibes y se instalan en el garaje de casa de la hermana de Ali para que este pueda encontrar trabajo, ganar algo de dinero y darle algo parecido a la estabilidad a su hijo. Por su parte, Stephanie parece una chica que lo tiene todo: trabajo, pareja y un poder de seducción unido a su cuerpo. Pero (intentaremos no hacer un spoiler, porque no saber lo que ocurre le da una fuerza mayor a las imagenes y al impacto emocional del personaje y del espectador) una tragedia se lo arrebata todo, pues pierde el trabajo, la pareja, su feminidad y las ganas de vivir.

Aunque cada uno a su manera, ambos están unidos a un físico que marca su existencia. Ambos están rotos: una a causa de un accidente; el otro por las peleas a las que acude para ganar dinero, dispuesto a romperse los huesos por ganar algo en la vida. ¿Cómo pueden ayudarse el uno al otro? ¿Cómo pueden salir de esa realidad? Ali es brutal, sincero, en según que momentos llega a ser casi un animal, sin compasión, sin lástima, sin tapujos. Y eso es precisamente lo que arranca a Stephanie de la oscuridad: que la traten sin lástima, si no como una persona más, con un problema, con una carencia, con un cuerpo roto, pero persona al fin y al cabo. Es algo que también se muestra en la gran película Intocable, de Olivier Nackache y Eric Toledano: cuando no te tratan con compasión puedes volver a sentirte un ser humano, no un despojo o un enfermo, alguien a quien hay que compadecer, a quien hay que tratar con lástima, como si su condición le hubiera arrancado todo lo humano que había en él.

Sin embargo, hay una pega para mí en esta película. La brutalidad, lo físico que aparece en todas sus vertientes, expone dos personajes al límite pero con una necesidad de querer que los empuja a seguir luchando. Y aunque al final de la película vemos otro acto de lucha, otro acto donde el físico, donde la fuerza tiene mucho peso, te quedas con la sensación de que falta algo. La reflexión final, sobre el dolor de los huesos rotos, sobre el dolor que nunca se va y que sirve como recordatorio de esa herida, es interesante y acertada. Pero sin embargo, sales del cine con la sensación de que falta algo más. Eso sí, hay que reconocer que, a pesar de eso, es una película altamente recomendable tanto a nivel visual como a nivel narrativo. Porque también se puede luchar para encontrar un espacio propio, para escapar a la realidad en la que nos han vomitado sin piedad, aunque sea desde ese aspecto físico, desde ese automatismo animal en el que parece que no se ponga el alma, aunque, de hecho, se pone mucho más que eso. Se pone la vida. Y se gana. O se pierde. Pero se lucha.