Ken Loach lleva desde finales de los años 60 haciendo películas. Y, aunque en ocasiones ha bajado mucho el listón, es un director que ha demostrado tener una marcada tendencia por el cine de denuncia social o política. Sin llegar ni mucho menos al nivel de crítica de películas como Tierra y Libertad o El viento que agita la cevada, en esta nueva cinta, La parte de los ángeles, Loach demuestra que todavía puede echar un vistazo a la actualidad y plasmar su particular visión de la realidad, en este caso con ciertas dosis de humor y fábula.

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De la mano del guionista Paul Laverty (habitual de Loach), La parte de los ángeles muestra una situación real como es la que viven muchos jovenes en las afueras de Glasgow y de muchas otras ciudades. Debido a su condición social y económica, muchos de ellos parecen condenados a no tener trabajo ni vida. La idea de hacer esta película nació de una realidad aplastante: la del paro juvenil. La de ese grupo de jóvenes, no sólo marginales, que deambulan por la sociedad sin saber qué hacer, preguntándose si tienen o no futuro.

El caso de los cuatro jóvenes protagonistas de la película es algo más extremo. De juicio en juicio, son asiduos a los trabajos comunitarios y a causa de su historial, muchos de ellos lo tendrán difícil para encontrar trabajo. Aquí es donde entra la voluntad de las personas que trabajan en el sistema. Harry, el educador social asignado a estos jóvenes, es consciente de la problemática que tienen y decide saltarse algunas normas para mostrarles algunos placeres de la vida, iniciarles, en secreto, al noble arte del whisky. Si La parte de los ángeles no hubiese sido una película, sino un cuento popular, el personaje de Harry seria ese mendigo, esa bruja o personaje (normalmente un mago o ángel disfrazado) que le da al héroe un elemento que podría parecer pobre, pero que es mágico. En lugar de un saco para atrapar al diablo o una moneda que nunca se acaba o una espada indestructible, en este caso, el protector les muestra un posible camino hacia un trabajo: el mundo del whisky.

El protagonista, Robbie, está interpretado por Paul Brannigan, un joven cuya vida no dista tanto de la de Robbie. En su caso, en lugar de un don para el whisky lo tiene para actuar, pues después de esta película protagonizará una junto a Scarlett Johansson. Acompañado por unos jóvenes que ha conocido en los servicios a la comunidad, Robbie emprenderá un viaje para intentar salir del agujero en el que están metidos. Si lo consigue o no es algo que el espectador deberá ver. Lo que sí cabe decir es que, como en los cuentos de hadas, en esta película todo destila cierta magia irreal. Si el punto de partida es realista (la situación de desempleo y desespero de los jóvenes), la trama poco a poco se acerca a la fábula o el cuento, con esas oportunidades mágicas que llegan de la mano de Harry y que los jóvenes aprovecharán… o no.

En definitiva, una película entretenida, que arranca más de una sonrisa y que recuerda a esa gran Full Monty donde, a pesar de la crisis, las dificultades y la frustración, el ingenio y la tenacidad consiguen que los personajes sepan encontrar una segunda oportunidad. Lo que luego se hace con ella es cosa de los protagonistas.