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La editorial Maeva publicó en octubre una curiosa novela sobre el poder que tienen los libros para salvarnos. Se trata de El devorador de libros, de Rebecca Makkai. Una de esas novelas que saben mostrar a la perefección el difícil camino de hacerse mayor (y no sólo para los pequeños o para los adolescentes, sino también para los adultos que siguen sin aceptar quiénes son), de aceptarse a uno mismo y de luchar para conseguir que los demás te acepten y no pretendan cambiarte para que cuadres en sus esquemas de lo que un niño o un hombre debería ser. Interesante lectura, salicada con humor y un aire de aventura y road movie.

ARGUMENTO

Lucy Hull, una bibliotecaria de veintiséis años que trabaja en la sección infantil de la Biblioteca pública de Hannibal, un remoto pueblo de Misuri, se dedica a leer historias a los niños y a recomendar libros a sus jóvenes lectores. En especial a Ian Drake, un niño de diez años con un gran afán por la lectura, incluso a pesar de las prohibiciones de su fanática y estricta madre, quien considera que sólo los libros tocados por Dios son buenos para su hijo. Al saber eso, Lucy decide ayudar a Ian para sacar libros “prohibidos” de la biblioteca.
Sin embargo, todo cambia el día en que Ian decide escapar de casa, ocultare en la biblioteca y emprender un viaje por el norte de Estados Unidos junto a Lucy. Un viaje sin un destino concreto pero plagado de recuerdos, sueños y descubrimientos, donde el miedo, el remordimiento y la identidad irán barajándose para demostrar que los libros pueden salvar a quien los lee.

OPINIÓN

Los libros pueden salvarnos. O al menos eso cree Lucy Hull, una joven bibliotecaria descendiente de rusos que huyeron de la URSS y que han contado a su hija decenas de historias sobre su vida y su huida hacia los Estados Unidos. Quizás fue la narrativa familiar la que impulsó a Lucy hacia los libros. Quizás simplemente fue, como ella misma cuenta, una forma como otra cualquiera de empezar a trabajar lejos de casa tras acabar la carrera. El hecho es que, en definitiva, los libros pueden ser una tabla de salvación, sobre todo para aquellos que no encuentran un espejo real en el que mirarse y descubren que sus dudas, sus problemas o sus miedos son los mismos que se esconden entre las páginas de un libro escondido.

Con un inicio que puede recordar remotamente a La historia interminable de Michael Ende – una biblioteca, en lugar de una librería, donde un niño diferente encuentra su refugio y su manera de escapar de la realidad y de descubrirse a sí mismo – la primera novela de Rebecca Makkai es un homenaje a la literatura tanto por sus referencias constantes a títulos emblemáticos, como por los paralelismos que su historia tiene con otros viajes literarios, como es el de Las aventuras de Huckelberry Finn, de Mark Twain, el de Odisea, de Homero o el de El maravilloso mago de Oz, de Lyman Frank Baum. En todos ellos, el viajero inicia un camino en el que, además de descubrir mundo, se encuentra a sí mismo y comprende que puede regresar al hogar, sea donde sea ese hogar.

Pero, ¿por qué emprenden un viaje una bibliotecaria y un joven lector hacia el norte de Estados Unidos? ¿Por qué huir del hogar con una extraña a la que únicamente conoces por ser la persona que te recomienda libros? Quizás porque Ian sabe que los libros tienen mensajes secretos, “mortalejas”, como dice él, que sólo los buenos lectores pueden encontrar. Quizás porque ve en sus ojos que puede confiar en ella o porque no tiene a nadie más a quien acudir. ¿O quizás es Lucy la que desea huir de su realidad y escoge a Ian como excusa para escapar de una vida que no reconoce como suya? La huida hacia delante, sin rumbo fijo, es, en ambos casos, una manera de salir de la rutina y de la pequeña cárcel del hogar conocido para tomar perspectiva y comprender cuáles son las opciones y cuáles son las capacidades que cada uno tiene para sobrellevar la vida que tiene por delante.

Sin embargo, en el El devorador de libros, Rebecca Makkai no sólo muestra una huida, sino que presenta una serie de dilemas que se van planteando a lo largo del libro y que, como la vida misma, van avanzando sin saber muy bien cuál será la resolución, si el final será feliz o no. A medida que avanza la historia, nos encontramos ante preguntas sobre la necesidad de crear narrativas para dar sentido a nuestra vida o para engañarnos a nosotros mismos esperando que, de tanto repetirlo, el cuento se haga realidad; sobre la inercia y la capacidad que tiene el ser humano de dejarse llevar por los demás y del miedo a tomar decisiones. También recorre el complejo camino de esa gran afición que tienen los adultos por tener la razón, por juzgar a los demás según los propios varemos, sin comprender que, al hacerlo, estamos convirtiéndonos en eso mismo que criticamos. Aunque, por desgracia, hay situaciones y realidades que hacen que sea difícil mantenerse al margen.

O al menos eso le ocurre a Lucy al descubrir un e-mail de la madre de Ian en un origami que le regala el niño por Navidad, en el que comprende que los padres de Ian, temerosos de que el niño les salga raro o gay, deciden llevarlo a un pastor para que lo reconduzca por el buen camino. Como si uno pudiera cambiar lo que es y lo que siente a base de doctrinas, de miedo y arrepentimiento. ¿Por qué debe arrepentirse un niño por ser distinto a los demás? ¿Por qué sólo puede existir una manera correcta de ser y de amar? Preguntas que tanto Ian como Lucy podrían hacerse aunque, sin embargo, a Lucy le tocaría hacerse una pregunta más: ¿quién es ella para decidir lo que deben pensar o sentir los padres de Ian? ¿Acaso sólo su perspectiva de la vida es la correcta? Un dilema complejo que abarca el libre albedrio y la fe, en el sentido amplio de la palabra, en que todas las personas pueden encontrar su propio camino. A unas les costará más y a otras menos; pero casi siempre encuentran su camino.

Incluso Lucy que, consciente de que no está a gusto con su vida, de que no está haciendo lo que quiere, aunque tampoco sabe lo que quiere, decide tomar a Ian como su misión: debe salvarlo de su fanática familia y del horrible pastor Bob. Sin embargo, ¿ella es quien puede salvarlo o tendrá que salvarse él por sí mismo? ¿Cómo puede Lucy salvar a Ian si ni siquiera sabe de qué le está rescatando realmente? Es ahí donde entran los libros: ese lugar en el que cada uno encuentra sus respuestas. Sólo hay que hacer las preguntas adecuadas. Y los libros, casi siempre, responden y nos miran directamente a los ojos para acompañarnos en el camino. O al menos eso espera Lucy.

El devorador de libros es uno de esos libros peculiares, que atrapa por un curioso sentido del humor mezclado con una crítica dura pero equilibrada contra ciertos aspectos intransigentes de nuestra sociedad; por los monólogos internos y las dudas que asaltan constantemente a Lucy, que convierte el viaje en una narración, como hiciera años atrás su padre con su propia huida; por la frescura de ese pequeño Ian que parece necesitar demostrarse algo a sí mismo, aunque no sabemos realmente qué; y por esa pasión por los libros que desprende a cada página.

INES MACPHERSON
FUENTE: ANIKA ENTRE LIBROS