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Aunque ya ha pasado Sant Jordi y el momento de las recomendaciones literarias, ahí va una recomendación ambientada en la Guerra Civil española y la posguerra… LA TRISTEZA DEL SAMURAI, de Víctor del Árbol (Editorial Alrevés). Interesante lectura e interesante autor.

ARGUMENTO

Extremadura, años 40. Barcelona, años 80. Dos momentos históricos, dos lugares distintos unidos por una tragedia; dos tramas que avanzan de manera paralela para mostrar una telaraña de coincidencias que marcarán el futuro de los personajes de esta historia.
Un crimen acaecido en Badajoz el año 1941 afectó el destino de diversas personas que deberán avanzar, sobrevivir o simplemente dejarse vivir, marcadas por el dolor, la rabia y las ansias de venganza.
Años después, una abogada volverá a abrir la caja de los truenos, traspasará el umbral de la memoria para desvelar los secretos y los horrores que nacieron con aquel crimen del 41, pero que han seguido vivos hasta ahora.
Una novela que muestra, en el marco de dos acontecimientos históricos que marcaron el devenir de España, hasta dónde se puede llegar por conseguir y mantener el poder; hasta dónde se puede llegar por amor, por odio… por venganza.

OPINION

¿Se puede gastar el odio? ¿Puede quedarse vacío? ¿Cuánto tiempo puede alguien mantenerse vivo por el ansia de encontrar la venganza, el perdón o la redención?

Cuando uno se adentra en La Tristeza del Samurái descubre que no está ante un libro cualquiera, sino que tiene entre las manos una magnífica novela, de corte elegante y narración absorbente. Esta excelente obra, escrita con un léxico impecable y llevada con un ritmo preciso, que atrapa al lector hasta impedirle soltar las páginas, es una ventana a las debilidades humanas y a los horrores de la historia, una historia cercana que no se debería olvidar, que enfrentó a amigos, a hermanos, y sembró un país de odio durante décadas. Una historia real, espejo en la que se refleja la ficción creada por Víctor del Árbol, y que tuvo sus consecuencias, como también las tienen los actos que desencadenan la primera tragedia de la obra, que irá extendiendo sus tentáculos lentamente hasta engullirlo todo bajo su sombra.

Víctor del Árbol se mueve entre dos momentos históricos recientes de nuestro país: la Guerra Civil española y la posterior dictadura de Franco, y los meses que precedieron al golpe de Estado de Tejero. Y lo hace sin caer en tópicos ni maniqueísmos. Cada uno de los personajes que transita estas páginas tiene una profundidad compleja en la que caben miedos, deseos y necesidades; sobre todo necesidades: la necesidad de poder o de sentirse superior; la necesidad de despertar el respeto, aunque sea a través de la violencia sin sentido y desmesurada, o a través de acciones impulsivas sin contar con las consecuencias; la necesidad de olvidar, de borrar el pasado aunque sigamos guardando retazos de él en una maleta vieja; la necesidad de perdonar, de perdonarnos… Esas son algunas de las prendas con las que Del Árbol viste a sus personajes, a todos ellos, y los empuja al abismo de descubrir sus propios límites.

Cada personaje es un tratado sobre alguna o varias debilidades humanas, pero también sobre sus fortalezas. La cobardía y la lucha se presentan en la misma persona, como por ejemplo en María, la abogada que meterá en la cárcel a un hombre, César, que lleva sobre sus hombros el peso de un pasado forjado por un titiritero movido únicamente por el poder y la necesidad de controlarlo todo, de someterlo todo. Lentamente, tirando del hilo que Víctor del Árbol va tejiendo a través de las poco más de cuatrocientas páginas que tiene La Tristeza del Samurái, vamos descubriendo que todos los hilos están entrelazados.

Mediante una narración que no descansa, el narrador va viajando del pasado al presente, cambiando de ojos y de voz para contar un pedazo de historia, un pedazo de horror. De esta manera, poco a poco el lector puede ir saboreando el interior de cada uno de los personajes, adentrarse en su mente, en sus entrañas, hasta comprender que cada una de sus sombras, cada uno de los actos que, a pesar de haber ocurrido en el pasado, tienen eco en el presente de una manera devastadora. Y es que, por mucho que se pretenda fingir que esa “enfermedad”, que ese monstruo o ese pasado que tuvimos no es real o que sólo es una ínfima parte de nosotros, como dice Fernando Mola en el libro, la verdad sale a la luz: tanto la de los actos como la de la persona que llevamos dentro. Porque el pasado puede callarse, silenciarse, pero sigue aguardando bajo una maleta, en un marco de fotos o en un objeto que se creía perdido. Por mucho que se busque el perdón llevando flores a una tumba, los muertos no perdonan. Y probablemente los vivos tampoco.

La Tristeza del Samurái ahonda en un tema espinoso como es la venganza. El odio y la incapacidad de perdonar (a veces ligada a la incapacidad de perdonarse a uno mismo, de sentirse tan culpable como el otro por no haber impedido la desgracia) devienen deseo de venganza en muchas ocasiones. Pero, ¿de qué sirve la venganza? ¿Se puede sentir alivio? ¿Hasta dónde se puede llegar para vengar a alguien? ¿A cuántos te puedes llevar por delante para sentirse al fin en paz, si es que eso es posible?

Como telón de fondo, como icono de una tragedia que da inicio a esta obra está esa espada, esa catana que tanto obsesiona a Andrés. La tristeza del samurái que da título a este libro es una manera de resumir a la perfección la dualidad inherente en los seres humanos que transitan esta historia: un samurái que no quiere la guerra pero que debe guerrear. Un hombre que no quiere destrozar la vida de alguien, pero lo hace para salvar la propia. Un hombre que vende su amor por un poco de poder, por unas migajas de poder…

En definitiva, una excelente novela que está triunfando más allá de nuestras fronteras, demostrando que la tragedia que ha urdido Víctor del Árbol tiene un equilibrio perfecto y unos personajes fascinantes que penetran en el lector hasta traspasarle la piel.

INES MACPHERSON
FUENTE: ANIKA ENTRE LIBROS

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