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CORAZONES HAMBRIENTOS, de Dan Rhodes (Alfaguara): una curiosa propuesta literaria de humor negro y un tanto caníbal.

ARGUMENTO

En una ciudad inconcreta, se alza entre las calles del casco antiguo un museo dedicado al suicidio. El objetivo al que aspira la mujer que lo abrió – la mujer de Pavarotti, aunque su marido no es el cantante de ópera, sino alguien que tiene un gran parecido con el tenor – es persuadir a las almas afligidas de cometer los actos que se exponen en el museo. Pero la realidad parece contradecir sus intenciones, ya que algunos de los visitantes del museo no vuelven a salir de allí… al menos con vida.
De la mano de un viejo excéntrico, grisáceo y asocial que sólo quiere que nadie le cause molestias, un doctor algo peculiar que intenta escapar del fantasma del recuerdo de su espantosa mujer, y un elenco de personajes variopintos, esta historia de humor, negro y a veces macabro, avanza entre romances imposibles, huidas hacia delante y costumbres alimentarias poco ortodoxas.

OPINION

¿Qué relación pueden tener una araña que se adentra en el abismo de la boca de un hombre y una persona que decide acabar con su vida? Probablemente el instinto suicida, un instinto que la mujer de Pavarotti ha inmortalizado en un pequeño museo con la intención de disuadir a los visitantes de seguir el mismo camino que los muertos de los que se habla dentro de esas cuatro paredes. Sin embargo, parece que las historias que allí se exponen animan a los indecisos a acabar con su vida. Y también dan rienda suelta a otros actos oscuros que el lector irá descubriendo a su debido tiempo de la mano de la cuidadosa prosa de Dan Rhodes. Y es que el altruismo, por muy bien intencionado que sea, no tiene por qué recoger los frutos esperados.

Todos los personajes que aparecen en este Corazones hambrientos comparten con el título un anhelo, una necesidad que guía y fija sus vidas, así como la forma que tienen de expresarse. Aunque en un principio puede chocar la frialdad del viejo o la autocompasión que muestra Hulda, al avanzar en los entresijos de sus personas, se descubre que cada palabra que dicen está ligada a su forma de ver el mundo, a los vacíos que los empujan a actuar de una forma que, desde fuera, puede resultar absurda pero que, a fuerza de conocerlos, uno acaba por comprender, a pesar de sus rarezas.

El viejo sólo desayuna una galleta salada, no necesita más. La señora Pavarotti siempre lleva un pastel en el bolso para el viejo, quizás por ese instinto de cuidar del prójimo que la ha empujado a crear el museo. ¿Y el doctor? El doctor es un ser dual, con un sentido de la justicia social y la moral que parece impoluto y que, a su vez, es capaz de tener frigoríficos enormes en casa, donde guarda seres humanos. ¿Un monstruo con piel de cordero? ¿O tal vez un hombre que cayó en el abismo y no supo encontrar una salida? ¿Es el único, o hay más abismos en las vidas de estos Corazones hambrientos? Parece que los personajes que pueblan estas páginas comparten tienen en común esa sensación de transitar un camino sin salida, un camino por el que algunos ni siquiera quieren caminar.

Si uno se queda únicamente con la superficie de la historia, descubrirá una fábula ácida, perversa y a la vez hermosa, en la que no sólo el horror y la desesperación tienen lugar, sino también el amor, un amor que dura a pesar del tiempo y el destino. Sin embargo, si uno se deja llevar por las reflexiones de cada uno de los habitantes de este libro, desde Madalena hasta el doctor, e incluso el agente Horst, descubrirá un laberinto de miedos, angustias y complejas inseguridades que no aplanan el camino que deben seguir. Comportamientos neuróticos, egocéntricos, desquiciados y apartados de la realidad se entremezclan en las pieles de estos personajes que muestran sus entrañas con crudeza, sin titubear y sin avergonzarse. Gracias a la forma en que el autor plasma los hechos y arranca sus pensamientos y sentimientos, esa desnudez del alma se reviste de una extraña naturalidad que no incomoda al lector; es más, incluso puede hacerla cercana.

Narrada con un humor que permite enfrentarse a las truculentas realidades que muestra (no sólo el canibalismo, sino algunas otras enfermizas obsesiones y rutinas que en otras circunstancias harían que uno cerrara el libro), Corazones hambrientos arranca más de una sonrisa y muestra una serie de personajes memorables que, más allá de sus excentricidades, tienen una carga humana impactante. Entre las sombras del viejo y el doctor, Hulda representa una pequeña luz que lucha por sobrevivir a sus propias sombras. También el personaje de Pavarotti y su mujer son pequeños faros de luz, aunque no cualquier tipo de faros porque, ¿quién le dedica un museo al suicidio?

Un apunte aparte merece ese pequeño pueblo de Portugal en el que nacen Madalena y Mauro, un lugar que se acerca más al realismo mágico que a la truculenta realidad que sucede entre las cuatro paredes del museo. Otra luz en medio de la oscuridad. Una luz que, sin embargo, se verá ensombrecida por un dolor mucho más habitual que el que puebla la vida del doctor y el viejo. Pero no adelantemos acontecimientos.

Corazones hambrientos es un libro sorprendente, ágil y fresco a pesar del sufrimiento que esconde en sus páginas. Dan Rhodes nos ofrece una fábula extraordinaria en la que lo macabro y lo romántico se mezclan, donde la desesperación, el dolor por un amor no correspondido pueden llevar a las personas que habitan estas páginas a cometer actos irreparables; aunque siempre hay quien sale por la puerta del museo – tal vez una metáfora física del abismo al que el sufrimiento nos puede conducir – con vida.

FUENTE: ANIKA ENTRE LIBROS

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