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Hace unas semanas me sumergí en la historia de La mujer de negro, de Susan Hill, para poder adentrarme, después, en la nueva versión cinematográfica que ha realizado James Watkins. Quizás fue un error, ya que me pasé toda la película apuntando mentalmente los puntos argumentales que no tenían nada que ver con el original. Sin embargo, cuando uno se ha acostumbrado a ver las versiones que realizó la Hammer de los cuentos de Edgar Allan Poe, uno recuerda que no debería sorprenderse tanto ante las diferencias argumentales. Es más, incluso algunas pueden ayudar a comprender el comportamiento de nuestro joven Arthur Kipps, interpretado por un Daniel Radcliffe que, al fin, deja atrás a Harry Potter y parece bastante dispuesto a demostrar que puede hacer algo más que ser un mago.

Si un apunte positivo merece esta película es en el apartado de fotografía. La primera imagen que se tiene de Eal Marsh House es impactante. El paisaje, rodeado de bruma y de marismas que se extienden hasta el infinito, creando una mayor sensación de aislamiento, tiene la guinda en la silueta de la mansión, tétrica y a la vez anodina. No parece más que una casa abandonada rodeada de árboles y agua, pero, al entrar en ella, todo cambia. El juego de sombras, el pasillo interminable, un sinfín de puertas que esconden recovecos, secretos y un enjambre de juguetes y muchecas que hielan la sangre, crea una combinación perfecta para las escenas de tensión.

Sin embargo, la tensión que se vive en el interior y los alrededores de la casa, también se traslada al pueblo en una de esas diferencias argumentales que revelan más de lo necesario. La gracia del libro escrito por Susan Hill era que el lector, al igual que Arthur Kipps, no entendía nada, no sabía por qué había tanto temor en relación a la mansión. En la película, a los diez minutos ya se intuye que hay algo que va muy mal, sobre todo porque, en vez de recibir al joven Kipps de una manera afable, como en el libro, lo reciben con una desconfianza y un rechazo que resulta forzado.

Los acontecimientos que ocurren en el pueblo, así como el recibimiento que le dan a Arthur Kipps, disuadiría a cualquiera de seguir en ese lugar, pero él se queda, a pesar de las múltiples señales y advertencias. ¿Por qué? Quizás porque como el Ichabod Crane de Sleepy Hollow, Arthur Kipps proviene de la ciudad y necesita demostrar cierta superioridad ante las supersticiones de unos cuantos pueblerinos. Supersticiones que, como en el caso de el hombre sin cabeza, acaban por demostrar ser más de lo que parecían. O quizás sea que el Arthur Kipps que ha ideado Jane Goldman, la guionista de esta versión, tiene una pulsión hacia la muerte debido al fallecimiento de su mujer.

A pesar de haber modificado el carácter y el comportamiento de muchos de los personajes, esto ha permitido que el personaje de Daniel Radcliffe esté realmente solo y deba investigar por su cuenta lo que ocurre en la mansión. Aunque no es verosímil que se quede allí solo y que se implique de la manera en que lo hace, su estancia en la casa regala momentos impresionantes de tensión y de juegos de luces y sombras, como por ejemplo el momento en que el joven Kipps se queda medio dormido en una silla y la cámara va enfocando diferentes objetos de la sala, mientras sabemos que algo o alguien se está acercando a él. Una mano en la puerta de cristal, una figura que aparece y desaparece, una sombra, un sinfín de muebles y objetos que parecen ocultar algo más… En definitiva, una puesta en escena, acompañada de una banda sonora y un sonido muy bien trabajado, ideal para generar una atmósfera de terror clásico, sin necesidad de sangre ni de abusar de lo macabro.

Aunque debo reconocer que disfruté más con la lectura del libro – quizás porque alarga el misterio y no da tantas pistas sobre lo que realmente está ocurriendo ni lo que ocurrirá -, hay que admitir que esta versión, a pesar de sus modificaciones argumentales y de resultar en algunos momentos poco verosímil, funciona como obra de terror clásico.