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Hace unas semanas, vi una entrevista a los actores protagonistas de La conspiración, de Robert Redford. Creo recordar que fue una de las jóvenes actrices que comentó: “esto no te lo enseñaban en la escuela”, refiréndose a la trama histórica por la que navega esta cinta.

Si bien es cierto que no es una película de Oscar ni que tampoco aporta nada nuevo en estilo o en narración, la nueva película de Robert Redford es impecable. Quizás no sea trepidante ni sorprendente; hay quien dice que es incluso obvia, pero eso es algo que le ocurre a muchas películas. En cambio, no todas esas películas obvias, en la que el espectador ya sabe qué ocurrirá y quién es el culpable a los diez minutos, aportan una mirada crítica como lo hace Robert Redford al mirar atrás en la historia de América.

Lo más interesante de esta película no reside en que el final sea sorprendente; uno sabe cuál será el final desde un buen principio. Pero no parece ser la intención de Robert Redfors soprender a los espectadores de esa manera. No parece ni siquiera que pretenda sorprender. Sólo quiere mostrar. Es como si el director abriera una ventana al pasado y nos dejara ver una parte de la historia que, por lo que los actores comentaron en la entrevista, era desconocida o, como mínimo, no muy popular. Vemos una serie de personajes con pasiones y creencias con raíces tan profundas que parecen inamovibles. Un ministro de la guerra (o secretario, no me quedó muy claro el concepto) interpretado por un Kevin Kline austero, encarna la defensa de la patria por encima de todo, y lo hace intentando “defender” la paz del país. ¿Por qué pongo “defender” entre comillas? Porque aquí es donde encontramos el embrión de la crítica que hace Robert Redford a través del personaje del abogado, interpretado por James McAvoy. ¿Dónde está el límite? ¿Se puede uno saltar las leyes y los derechos de las personas porque alguien considera que un juicio rápido y una sentencia dura será la manera de que todos acepten esa supuesta paz? Cuando el abogado, Frederick Aiken, capitán y héroe de guerra unionista, se da cuenta de cuáles son las intenciones del jurado, se plantea una pregunta: ¿por qué ha luchado por unos derechos y unos valores, si a la primera de cambio, los que supuestamente deberían defender dichos derechos y valores se los saltan a la torera?

Por supuesto, hay infinidad de casos y también de películas que muestran las fracturas e la justicia, los rincones oscuros de los juicios. Por eso se podría decir que Robert Redford no está aportando nada especialmente nuevo al género. Sin embargo, consigue mantener el ritmo perfectamente y, con un trabajo de imagen impecable, poco atrevido pero elegante, consigue atrapar al espectador hasta hacer que salga del cine indignado. ¿Porque no esperaba ese final? No. Simplemente porque consigue mostrar, de una forma clara, que el hecho que los intereses de los poderosos pasen no sólo por encima de los del pueblo, sino incluso por encima de la ley, no es algo nuevo de ahora. Ha ocurrido siempre.

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