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¿Hasta qué punto se pueden sostener los formalismos y convencionalismos sociales? ¿Cuándo se cae el muro de cordialidad para mostrar la cruda realidad?

A pesar de no haber visto nunca la adaptación al teatro de la obra de Yasmina Reza, creo que Polanski ha hecho un gran trabajo. Un dios salvaje es una pequeña ventana a lo más profundo del ser humano. Ante un pequeño enfrentamiento entre los hijos de los Longstreet y los Cowan, ambas parejas acuerdan tener una pequeña charla para ver cómo pueden solventar el problema. El director nos muestra en cuatro pinceladas dos parejas que provienen de dos mundos diferentes: los Longstreet, una pareja supuestamente progresista y comprometida con el mundo y la justicia; los Cowan, una pareja más acomodada, con trabajos más liberales y en apariencia más superficiales. Sin embargo, a medida que pasa la obra el suceso entre los hijos de ambos matrimonios se difumina, pasa a segundo plano y lo que había empezado como una reunión cordial para “limar asperezas” acaba siendo un combate abierto de reproches, críticas, prejuicios, debilidades, contradicciones y desprecio.

En medio de ese diálogo cargado de intenciones, de miradas despreciativas y descalificaciones, hay una escena que le da un instante casi cómico a esa guerra abierta entre las parejas. Las palabras amables y con tono recatado han dejado paso a los gritos de ataque y de defensa. John C. Reilly está nervioso y decide tomarse una copa. En medio de los gritos de las dos mujeres y mientras el personaje de Christoph Waltz sigue aferrado al teléfono, pregunta quién quiere una copa, así, tan normal, como si todo lo que está ocurriendo a su alrededor pudiera quedarse suspendido por unos instantes para volver a los formalismos. Alan, el personajoe de Christoph Waltz aparece por la puerta, levantando el dedo para pedir esa copa. Segundos después, siguen los reproches. Un oasis de convencionalismo en medio de un viaje desgarrador hacia unos sentimientos humanos que a nadie le gusta reconocer en uno mismo.

No he podido evitar encontrar ciertos paralelismos con la obra ¿Quién teme a Virginia Woolf?, de Edward Albee. Hace unas semanas tuve la suerte de poder asistir al estreno de la adaptación que el director Daniel Veronese ha realizado en el Teatro Romea de Barcelona. Dos parejas en un lugar cerrado y una velada que va desenredado la madeja de los sentimientos, los miedos, los secretos, los odios y los deseos más profundos de cada uno de ellos.

Dos obras que muestran con crudeza la brutalidad, la crueldad y el desprecio que puede ocultar un ser humano tras la máscara de la cordialidad y la rectitud. En el caso de Albee, nos hallamos ante una pareja que ha aceptado el juego de desgarrarse el alma mutuamente; en el caso de Reza-Polanski, nos hallamos ante dos parejas que intentan guardar las formas pero que, poco a poco, muestran sus miedos, sus rechazos, sus prejuicios… su desprecio.