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¿Qué podría tener en común William Shakespeare (dramaturgo británico nacido en 1564) con Publio Ovidio Nasón (poeta romano nacido el 43 a.C. en Sulmona)? Pues además de dedicarse ambos a las letras, ambos tienen en común una historia. Digamos que, curiosamente, uno de los dramas más populares de Shakespeare, Romeo y Julieta, tiene un precedente, ni más ni menos, que en las Metamorfosis, de Ovidio.
Nos cuenta Ovidio en el libro IV de las “Metamorfosis”, la historia de Píramo y Tisbe, dos jóvenes vecinos que se enamoran pero cuyos padres no permiten la unión. Les prohiben hablarse pero se comunican por gestos y señas, hecho que provoca que su fuego sea cada vez más grande. Por eso, una noche, deciden escapar. Deben encontrarse junto al árbol que crece cerca del sepulcro de Nino, rey y fundador de Nínive. Tisbe es la primera en llegar al lugar de encuentro, pero no halla a Píramo, sino a una leona y escapa, temerosa de la bestia. Y al huir, pierde un velo que llevaba atado a la espalda. La leona lo encuentra y deja la marca de su sangre en la tela. Eso es lo que encuentra Píramo y supone lo peor: su amada ha sido devorada por una bestia. Para unirse con ella, Píramo se clava la espada que lleva al cinto y mientras muere, Tisbe vuelve de su escondite. Al ver la tragedia que ha acontecido junto al árbol, desgarrada por el dolor de haber perdido a su amado, ella también se da muerte. Dicen que el color púrpura de las moras fue tomado de la sangre de estos amantes.

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