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Hace unas semanas tuve el placer de tener en mis manos la primera obra de esta autora estadounidense, Audrey Nifenegger, titulada La mujer del viajero en el tiempo. Ahora, he tenido de nuevo el placer de poderme sumergir en su segunda novela hasta la fecha: Una inquietante simetría (Her Fearful Symmetry, que la editorial Salamandra publicó en noviembre de 2010).

Si en su primera obra, Audrey Niffenegger nos obsequiaba con una historia de amor que superaba los límites del tiempo, esta vez la autora se adentra en el universo de lo oculto, en el mundo de los fantasmas, para otorgar al lector una historia llena de matices, de giros y de personajes extraordinarios que seducen y atrapan desde las primeras páginas del libro.

Una inquietante simetría empieza con una muerte, la de Elspeth Noblin, un funeral y un testamento. En ese testamento se indica que la propiedad de Elspeth, un apartamento colindante con el cementerio de Highgate, pasa a ser propiedad de sus sobrinas, las gemelas Julia y Valentina, hijas de su hermana gemela Edie, a la que hace veinte años que no ve. No sabemos cuáles son los motivos ni los secretos que oculta esa decisión, ni por qué llevaban tanto tiempo sin verse las hermanas Noblin. Pero el hecho es que, Julia y Valentina Poole deciden aceptar la oferta y abandonan Estados Unidos para trasladarse a Londres.

Allí descubrirán el universo de su tía y de sus amigos: Martin, un erudito atrapado por un trastorno compulsivo que le impide salir de casa; y Robert Fanshaw, amante de su tía Elspeth, que se dedica a hacer de guía por el cementerio de Highgate para así escribir una tesis sobre la historia del lugar y la de todos los fantasmas que lo habitan. En este marco extraordinario, con el cementerio siempre de fondo, augurando algún misterio tras las lápidas de las tumbas que contemplan el ir y venir de los vivos que habitan el edificio de Vautravers Mews, las dos gemelas serán expectadoras de miedos, esperanzas y descubrirán algunos secretos ajenos pero, sobre todo, se adentrarán en una convivencia donde todo lo que daban por seguro se desmontará. Y es que el universo de las gemelas, siempre tan protegido y calculado, resguardado bajo el amparo de sus padres, Edie y Jack, se verá agitado por algo que ninguna de las dos hermanas esperaba encontrar en Londres: el deseo de tener una vida propia.

Narrada de una manera impecable, llena de descripciones que permiten al lector ver el Londres que Julia y Valentina caminan y ahondar en los sueños y los conflictos que las devoran por dentro, esta historia juega con los relatos de fantasmas, pero dándoles un nuevo aire. De la misma manera que Audrey Nifenegger consiguió llevar a un nuevo estadio la ciencia ficción y los viajes en el tiempo con su primera novela, ahora se permite el lujo de deambular por las angustias, las dudas y los sueños de los muertos que no consiguen huir de su vida pasada, otorgándoles un carácter más cercano, menos tétrico, aunque igualmente sobrecogedor e impactante.

Para no desvelar los secretos que lentamente se irán desgranando a lo largo del libro de la mano de las gemelas y de Robert, no diremos más de la trama. Sólo diré que, al cerrar el libro, uno tiene ganas de visitar el cementerio de Highgate y de descubrir todas las historias que ocultan las lápidas, así como de encontrar ese patio trasero que se comunica con el cementerio y que ha visto tanto amor y tanto dolor en tan poco tiempo. Y es que Una inquietante simetría tiene la capacidad de mostrar, a través de diferentes personajes, las distintas formas en que puede mostrarse el amor, a veces tierno, a veces cruel, a menudo egosita, y las distintas maneras que éste tiene de desgarrar el alma, de doler a niveles que, a menudo, son insoportables. En definitiva, una historia tierna y fascinante, romántica y a la vez oscura, narrada de la mano de unos personajes que dejarán huella en el lector.

Esta mujer ha sido para mi un gran descubrimiento y espero que siga escribiendo y sorprendiendo a sus lectores con obras como esta.

Antes de que la adaptación cinematográfica de James Watkins llegue a las pantallas, tenía ganas de adentrarme en la narrativa de Susan Hill y sumergirme en la oscuridad de su The Woman in Black. Y tras haber cerrado el libro debo decir que tengo ganas de ver qué es capaz de hacer Daniel Radcliffe con el personaje de Arthur Kipps y la angustia y terror que, lentamente, se apodera de este personaje.

Pero, ya que esta cinta todavía no ha llegado a las pantallas españolas, centrémonos en el libro. Cuando uno abre las páginas de The Woman in Black sabe que se va a encontrar con una historia de terror clásica. Es Nochebuena y la familia se reúne alrededor del fuego a contar historias de terror. Cuando le llega el turno a Arthur Kipps, este se niega en redondo. ¿Por qué? Porque por muy terroríficas que sean las historias que sus hijastros cuentan, tienen una cosa en común: son sólo eso, historias, relatos que alguien inventó. En cambio, Arthur es incapaz de explicar la historia que le piden, porque, la única que conoce y que marcó para siempre su vida, es mucho más que un cuento: es real, fue real, y la protagonizó él.

Tras esta introducción, Susan Hill adentra al lector en una historia de corte clásico donde uno de los más importantes personajes es la atmósfera que crea. Mediante una excelente descripción del paisaje y del tiempo – marismas, niebla, viento y frío se entremezclan con la soledad que rodea Eel Marsh House – Hill consigue que el lector pasee por esos lugares, oliendo la humedad, sintiendo cómo cala los huesos, como se pega en las solapas del abrigo, impregnando al observador con la misma desagradable sensación que se va apoderando del alma de Arthur Kipps.

A medida que avanza la historia, nuestro joven protagonista, que debe acudir al funeral de la difunta señora Drablow para luego organizar sus papeles, va encontrándose con una serie de personajes que parecen saber más de lo que dicen. Debido al aislamiento en el que vivía la señora Drablow (Eel Marsh House está apartada de Crythin Gifford, la población más cercana, y se mantiene en pie a pesar de estar rodeada de marismas y a menudo aislada por completo a causa de las mareas), Arthur Kipps piensa que, lo poco que dicen o dejan intuir esas personas sobre la solitaria mujer y su historia está revestido de leyendas y cuentos que poco tienen que ver con la realidad. Pero, poco a poco, se dará cuenta de cuán equivocado está y de que el secreto que se esconde en Eel Marsh House abarca mucho más allá de las cuatro paredes de la mansión.

Con la inquietante presencia de la mujer de negro a la que hace referencia el título, la novela de Susan Hill atrapa al lector y deja que navegue entre las aguas oscuras que rodean el paisaje de esta historia que, a pesar de resultar en ciertos momentos previsible, no deja de atrapar de una forma extraordinaria. Esperemos que esta adaptación de James Watkins consiga transmitir la misma fureza y la misma atmósfera opresiva que Susan Hill transmite con sus palabras.

Sentada en la butaca del cine, preparada para disfrutar de las 2 horas y 38 minutos que dura la nueva adaptación de Millenium: los hombres que no amaban a las mujeres, a cargo de David Fincher, al ver los créditos iniciales, una ya se queda enganchada al asiento esperando algo extraordinario. Y es que los créditos del inicio podrían ser en sí mismos un videoclip digno de ser nominado, e incluso ganar, algún premio. Con una presentación como esa, llena de oscuridad y figuras que se hacen y se deshacen, es difícil no esperar mucho de esta película. Y lo cierto es que consigue no defraudar.

Sumergiéndose en el frío invierno sueco y en los misterios de la isla habitada por la familia Vanger, Fincher parece recuperar, de la mano de esta compleja y oscura historia ideada por Steig Larsson, aquella capacidad de adentrarse en el mundo del misterio y los asesinos que demostró con películas como Seven o Zodiac. Aunque sus últimas películas no estaban mal, parecía haberse alejado del mundo que tan bien dominaba y ahora, ha vuelto. ¡Y de qué manera! Muchos podrán preguntarse si era necesario hacer una nueva versión del libro de Larsson. ¿Necesario? Es posible que no. Pero cuando uno sale del cine, tiene la sensación de haber visto una nueva densidad, un nuevo matiz de la historia que el autor sueco nos brindó. Fincher sabe mostrar a la perefección la trama del libro y, sobre todo, nos guía de manera magistral a través de la investigación que Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander llevan a cabo.

El montaje de esta nueva versión te mantiene en tensión de una forma que la versión sueca no conseguía. Aunque las comparaciones son odiosas, se podría decir que, tal vez la obra de Niels Arden Oplev supo captar la atmósfera gélida de su país mejor que Fincher, pero también podría decirse que el director americano ha conseguido crear una historia más cercana a todos. El trabajo de los personajes, los primeros planos y el riesgo que asume al mostrar la violencia de esta trama, hace que el espectador se adentre más en la angustia que transmite esta historia. La sensación que uno tiene es que Fincher y su guionista, Steven Zaillian, han conseguido aptar los momentos clave del libro, la información y las escenas más importantes y la han colocado justo en el momento en que era necesario, convirtiendo la cinta en una excelente obra de investigación.

Comentario aparte merece también la actuación de esta nueva Lisbeht. Aunque la anterior Lisbeht, creada magistralmente por Noomi Rapace (a la que ahora podemos ver en la segunda entrega del Sherlock Holmes de Guy Ritchie), era un personaje extraordinario que sabía transmitir a la perfección su complejidad y su oscuridad, esta nueva Lisbeth presenta algo que la anterior carecía: un punto de vulnerabilidad. Cuando uno se enfrentaba al libro, veía en el personaje una chica capaz de hacer cosas terribles, de actuar como si no hubiera nada que le importara, con un pasado que la atormentaba y que la apartaba del mundo; pero precisamente por eso también se la podía imaginar con un punto de necesidad, de inseguridad y de vulnerabilidad que, después, despertaba la bestia que lleva dentro. La fuerza y la violencia que transmitía Noomi Rapace, así como ese punto de “locura” que la hacía diferente a los personajes femeninos a los que uno está acostumbrado, en esta nueva interpretación adquiere matices, profundidad. Aunque podría parecer que eso le quita fuerza al personaje de Lisbeth, Rooney Mara también la reviste de una humanidad que la hace más cercana.

En definitiva, esta nueva adaptación de David Fincher deja con un buen sabor de boca y nos muestra una actriz que promete.

Aunque no se trata de una novedad editorial (en América se publicó en 2003, creo que Grijalbo sacó la edición en castellano en 2005 y Debolsillo en 2006), lo cierto es que La mujer del viajero en el tiempo es una obra que deja disfrutar al lector, mientras la autora lo mece entre esos saltos en el tiempo que da el protagonista.

Audrey Niffenegger, la autora de esta curiosa historia de amor aliñada con toques de ciencia ficción, era una desconocida para mí y lo cierto es que me ha dejado con ganas de volverme a sumergir en su universo y en el entramado mágico que consigue a través de sus personajes. Porque si bien es cierto que podríamos definir la novela como una historia de amor, esa definición se quedaría corta. La fuerza que teje el tiempo en la relación entre Henry y Clare es tal que, a veces, podría decirse que es irreversible. El pasado, el presente y el futuro se mezclan para urdir una red de situaciones que llevará a los dos amantes a quererse más allá del tiempo y a pesar de él.

Durante mucho tiempo, la literatura de ciencia ficción se preguntó si existía la posibilidad de viajar en el tiempo y cuáles serían las consecuencias de dichos viajes. En el caso de Henry, él no es un viajero en el tiempo voluntario. Por genética, salta a través del tiempo, sin querer, sin poder controlar a qué época va ni en qué lugar acabará. Si hay quien pudiera considerar esta capacidad un don, no es Henry. No poder controlar el presente, no poder mantener tan siquiera una conversación porque, de repente, te desvaneces, hace que su vida no sea como la de los demás. Hasta que conoce a Clare. Y el tiempo y la vida encaja por fin.

Sin caer en ningún momento en el melodrama (saber cuál es tu futuro podría llevar precisamente a esa clase de historias y de finales), Niffengger consigue explicar, desde el punto de vista de Henry y de Clare, una historia de amor real, con los problemas reales de una pareja y los que además conlleva tener como pareja a un viajero en el tiempo que desaparece nunca se sabe cuándo, ni por cuánto tiempo. El amor por la vida y por el otro que desprenden los personajes que habitan La mujer del viajero en el tiempo hace que tanto Clare como Henry, e incluso los personajes que los rodean, sean parte de nosotros durante unas horas, unos días…

Con una prosa limpia, en ocasiones poética, en otras directa, Audrey Niffenegger le da una vuelta a la tuerca a las historias de los viajes en el tiempo y a las historias de amor, planteando la cuestión sobre el destino, el libre albedrío…

Ya existe versión cinematográfica, pero, lo cierto es que realmente vale la pena introducirse en el universo de esta obra de la mano de las palabras de la autora, que tan bien ha conseguido plasmar las dudas, las esperanzas, los sueños y los miedos de un hombre condenado a viajar en el tiempo y de una mujer condenada a esperarle que, gracias a los juegos de las agujas del reloj, consiguen coincidir, descubrirse, conocerse y amarse en un presente, como si las Parcas hubiesen dispuesto ese destino desde el primer día en que el viejo Henry descubrió a la niña Clare en el prado… ¿o fue al revés, desde el día en que se descubrieron el uno al otro en el presente?

Hace unas semanas, vi una entrevista a los actores protagonistas de La conspiración, de Robert Redford. Creo recordar que fue una de las jóvenes actrices que comentó: “esto no te lo enseñaban en la escuela”, refiréndose a la trama histórica por la que navega esta cinta.

Si bien es cierto que no es una película de Oscar ni que tampoco aporta nada nuevo en estilo o en narración, la nueva película de Robert Redford es impecable. Quizás no sea trepidante ni sorprendente; hay quien dice que es incluso obvia, pero eso es algo que le ocurre a muchas películas. En cambio, no todas esas películas obvias, en la que el espectador ya sabe qué ocurrirá y quién es el culpable a los diez minutos, aportan una mirada crítica como lo hace Robert Redford al mirar atrás en la historia de América.

Lo más interesante de esta película no reside en que el final sea sorprendente; uno sabe cuál será el final desde un buen principio. Pero no parece ser la intención de Robert Redfors soprender a los espectadores de esa manera. No parece ni siquiera que pretenda sorprender. Sólo quiere mostrar. Es como si el director abriera una ventana al pasado y nos dejara ver una parte de la historia que, por lo que los actores comentaron en la entrevista, era desconocida o, como mínimo, no muy popular. Vemos una serie de personajes con pasiones y creencias con raíces tan profundas que parecen inamovibles. Un ministro de la guerra (o secretario, no me quedó muy claro el concepto) interpretado por un Kevin Kline austero, encarna la defensa de la patria por encima de todo, y lo hace intentando “defender” la paz del país. ¿Por qué pongo “defender” entre comillas? Porque aquí es donde encontramos el embrión de la crítica que hace Robert Redford a través del personaje del abogado, interpretado por James McAvoy. ¿Dónde está el límite? ¿Se puede uno saltar las leyes y los derechos de las personas porque alguien considera que un juicio rápido y una sentencia dura será la manera de que todos acepten esa supuesta paz? Cuando el abogado, Frederick Aiken, capitán y héroe de guerra unionista, se da cuenta de cuáles son las intenciones del jurado, se plantea una pregunta: ¿por qué ha luchado por unos derechos y unos valores, si a la primera de cambio, los que supuestamente deberían defender dichos derechos y valores se los saltan a la torera?

Por supuesto, hay infinidad de casos y también de películas que muestran las fracturas e la justicia, los rincones oscuros de los juicios. Por eso se podría decir que Robert Redford no está aportando nada especialmente nuevo al género. Sin embargo, consigue mantener el ritmo perfectamente y, con un trabajo de imagen impecable, poco atrevido pero elegante, consigue atrapar al espectador hasta hacer que salga del cine indignado. ¿Porque no esperaba ese final? No. Simplemente porque consigue mostrar, de una forma clara, que el hecho que los intereses de los poderosos pasen no sólo por encima de los del pueblo, sino incluso por encima de la ley, no es algo nuevo de ahora. Ha ocurrido siempre.

Aunque Un método peligroso no sea tan impactante como las anteriores Promesas del este o Una historia de violencia, por su crudeza y su retrato de las profundidades humanas y la crueldad a la que el ser humano puede llegar, el último trabajo de David Cronenberg sigue, para mí, aunque desde otra perspectiva, ahondando en las sombras y laberintos del ser humano.

Basada en la novela A most dangerous method de John Kerr y en la obra de teatro The Talking cure de Christopher Hampton, quien también firma el guión de la película, Un método peligroso se adentra en el triángulo personal y teórico de Freud-Jung-Spielrein. A principios del siglo XX, Carl Gustav Jung (interpretado por un Michael Fassbender en estado de gracia y con otra película en cartel, Jane Eyre) recibe una nueva paciente, la compleja Sabina Spielrein (interpretada por una sorprendente Keira Knightley). Con ella Jung se atreverá a trabajar un método que ha ideado Freud (interpretado por un austero y algo hierático Viggo Mortensen, que no se separa en toda la película de su puro).

A partir de este triángulo, Cronenberg muestra con austeridad la evolución de las teorías del psicoanálisis y las diferencias que surgieron entre Jung y Freud, así como las dudas que atormentaron a Jung ante la posibilidad de sentirse atraído por una paciente, precisamente Sabina Spielrein. En este punto, la aparición del magistral Vincent Cassel en el papel de Otto Gross tiene una importancia capital. A pesar de ser una presencia fugaz, Gross es el catalizador, el único capaz de poner en duda las convicciones de Jung y abrirle un mundo al que éste era reticente a entrar.

Aunque el sexo y sus problemáticas están presentes a lo largo de la película, se trata de un sexo hablado, no practicado. En una escena, pero, Cronenberg juega con el espectador y parece hacerle un guiño a Freud y a aquellos que lo criticaban por reducirlo todo a una interpretación sexual. Sabina se ha arrodillado ante Jung y alarga la mano hacia él. La cara de él deja intuir entre sorpresa y placer. ¿Qué piensa el espectador? ¿Qué resulta ser al final? Seguramente Freud tendría mucho que decir al respecto.

Un punto interesante del film es ver cómo Cronenberg muestra las teorías sobre Sigfrido o la constante correspondencia entre los tres personajes, que será uno de los detonantes de la ruptura entre ambos hombres. Poco a poco, se muestran no sólo las diferencias de planteamiento que separan a Freud y a Jung, sino que también quedan patentes las diferencias sociales y económicas que los distancia. ¿Es posible que Freud se niegue a contarle a Jung su sueño porque se cree superior en inteligencia a él y por lo tanto Jung está en lo cierto al considerar que no son amigos ni iguales? ¿O Freud necesita demostrar y afirmarse en su autoridad para sentirse más seguro ante ese Jung que le queda tan alejado, tan separado por clase y por procedencia?

Debo agradecer a Cronenberg que nos haya dejado conocer a ese increíble y fascinante mujer que fue Sabina Spielrein, una desconocida para mí y de descubrirnos el papel que tuvo en la introducción de la pulsión de la muerte en las teorías del psicoanálisis. Porque, aunque quizás no sea la mejor película del director, este método peligroso es una ventana a una parte de la historia de nuestra cultura importante que además no deja indiferente, al menos a mí.

¿Hasta qué punto se pueden sostener los formalismos y convencionalismos sociales? ¿Cuándo se cae el muro de cordialidad para mostrar la cruda realidad?

A pesar de no haber visto nunca la adaptación al teatro de la obra de Yasmina Reza, creo que Polanski ha hecho un gran trabajo. Un dios salvaje es una pequeña ventana a lo más profundo del ser humano. Ante un pequeño enfrentamiento entre los hijos de los Longstreet y los Cowan, ambas parejas acuerdan tener una pequeña charla para ver cómo pueden solventar el problema. El director nos muestra en cuatro pinceladas dos parejas que provienen de dos mundos diferentes: los Longstreet, una pareja supuestamente progresista y comprometida con el mundo y la justicia; los Cowan, una pareja más acomodada, con trabajos más liberales y en apariencia más superficiales. Sin embargo, a medida que pasa la obra el suceso entre los hijos de ambos matrimonios se difumina, pasa a segundo plano y lo que había empezado como una reunión cordial para “limar asperezas” acaba siendo un combate abierto de reproches, críticas, prejuicios, debilidades, contradicciones y desprecio.

En medio de ese diálogo cargado de intenciones, de miradas despreciativas y descalificaciones, hay una escena que le da un instante casi cómico a esa guerra abierta entre las parejas. Las palabras amables y con tono recatado han dejado paso a los gritos de ataque y de defensa. John C. Reilly está nervioso y decide tomarse una copa. En medio de los gritos de las dos mujeres y mientras el personaje de Christoph Waltz sigue aferrado al teléfono, pregunta quién quiere una copa, así, tan normal, como si todo lo que está ocurriendo a su alrededor pudiera quedarse suspendido por unos instantes para volver a los formalismos. Alan, el personajoe de Christoph Waltz aparece por la puerta, levantando el dedo para pedir esa copa. Segundos después, siguen los reproches. Un oasis de convencionalismo en medio de un viaje desgarrador hacia unos sentimientos humanos que a nadie le gusta reconocer en uno mismo.

No he podido evitar encontrar ciertos paralelismos con la obra ¿Quién teme a Virginia Woolf?, de Edward Albee. Hace unas semanas tuve la suerte de poder asistir al estreno de la adaptación que el director Daniel Veronese ha realizado en el Teatro Romea de Barcelona. Dos parejas en un lugar cerrado y una velada que va desenredado la madeja de los sentimientos, los miedos, los secretos, los odios y los deseos más profundos de cada uno de ellos.

Dos obras que muestran con crudeza la brutalidad, la crueldad y el desprecio que puede ocultar un ser humano tras la máscara de la cordialidad y la rectitud. En el caso de Albee, nos hallamos ante una pareja que ha aceptado el juego de desgarrarse el alma mutuamente; en el caso de Reza-Polanski, nos hallamos ante dos parejas que intentan guardar las formas pero que, poco a poco, muestran sus miedos, sus rechazos, sus prejuicios… su desprecio.

Quizás la mejor manera de definir Mentira, de Enrique de Hériz, sea con el hipotético proverbio octavo de Li Po, un poeta chino del que cuentan historias los protagonistas de este libro: “La verdad y la mentira son aparejos de fortuna. Nos mantienen a flote en el naufragio de la vida”.

Y es que esta joya literaria nos habla precisamente de eso: de las verdades y las mentiras que contamos para que nuestra vida tenga sentido, para darle sentido a las vidas ajenas, para engañarnos, para animarnos… A lo largo de la vida es posible que nos encontremos ante ciertas verdades que decidamos callar, ante ciertas incógnitas que no podamos desvelar y nos inquieten tanto que decidamos inventar una respuesta que nos explique y nos tranquilice.

Pero este libro no habla exclusivamente de las mentiras y las verdades que cada uno de nosotros defiende a lo largo de la vida. Esta obra nos habla de la Vida en mayúsculas, y lo hace a través de la muerte. Una de las protagonistas, Isabel, es antropóloga especializada en ritos mortuorios, en descubrir las diferentes maneras que tienen las tribus del planeta para enfrentarse a la muerte. ¿Y por qué es importante descubrir estos ritos? ¿Por qué nos habla de ellos la protagonista? Porque a través de ellos descubrimos la manera de entender la vida que tiene cada tribu, porque la forma de tratar la muerte también nos habla de cómo entender la vida.

Este libro es, tomando prestadas las palabras de Rosa Montero, un gran cuento. Un gran cuento en el que se cuentan muchos cuentos. La historia de Simón (gran eje de la vida de todos los protagonistas de la que, en realidad, sólo se sabe lo que alguien contó una vez sobre él), la historia de Li Po, la historia de la batalla de les Formigues, la rusa… La frontera entre la realidad y la ficción se difumina en cada historia, en cada recuerdo de los familiares de Isabel, y de Isabel misma. Algunos luchan contra esa ficción buscando la verdad; otros decien creer las historias porque les han servido como excusa en ciertas circunstancias, pero también como impulso en otros momentos de la vida. En esa familia,a lgunas historias son ya casi mitos, incrustadas en la memoria de Julio, de Isabel y de sus hijos. ¿Y por qué contar tantas historias? Quizás porque, como dice Isabel al principio de la obra, “somos quienes nos cuentan que somos”. Sin esos cuentos, no podríamos rellenar los huecos, no podríamos explicarnos a nosotros mismos ni presentarnos a los otros.

Enrique de Hériz consigue con Mentira una obra que nos muestra, de la mano de las dos narradoras, madre e hija, el camino del descubrimiento de uno mismo, de sus límites, de sus necesidades, de sus sentimientos más profundos, de sus lazos sentimentales, de sus verdades y sus mentiras; en definitiva, de la vida y la muerte. Y todo ello regado en algunos momentos con una ironía y una afilada capacidad de observación y reflexión sobre el comportamiento humano que no deja indiferente al lector.

Muchos cuentos dentro de un gran cuento que, en definitiva, también podría ser la vida que nosotros contamos cada día al despertarnos y vivir nuestra historia. Un magnífico libro que he tenido la suerte de tener en mis manos y que recomiendo a todos aquellos que disfruten con una historia bien contada que permite ir más allá de la propia historia narrada.

Hace poco descubrí a un ilustrador extraordinario, capaz de crear historias sencillas pero cargadas de una ternura y un aprendizaje especial. Me refiero a Oliver Jeffers.

En particular me he enamorado de su libro Lost and Found, una historia que puede fascinar tanto a niños como a adultos. Entre sus páginas encontramos la historia de un niño que se encuentra un día con un ponguino y piensa: “se ha perdido”. Así que da todos los pasos que podría dar cualquiera para que algo o alguien perdido, se encuentre.
Oliver Jeffers es un gran contador de historias y un gran ilustrador. Altamente recomendable, según mi humilde parecer. Se puede encontrar su obra en castellano en la editorial FCE (Fondo de Cultura Económica de España).

¿Dónde acaba el mar? ¿En el lugar en el que una ola deja su última marca? Pero, ¿qué ola? ¿Y dónde empieza el mar?

El poder del mar es algo fascinante, y así lo demuestra el libro de Alessandro Baricco Océano mar, una obra escrita con una prosa extraordinaria, tanto, que a veces uno no sabe si está leyendo una novela o un poema o un pensamiento que surge de nuestro interior. Plagada de unos personajes muy peculiares, cada uno de ellos buscando una respuesta diferente a orillas del mar, esta novela se adentra en la magia del mar, en su poder, en su misterio, en sus secretos.
Durante mucho tiempo, el mar fue el reino de monstruos y seres marinos con escasa amabilidad hacia los navegantes (actualmente se sigue explotando esa imagen, por ejemplo en películas como Tiburón). Pero también se le otorgaban poderes curativos. Durante siglos, los médicos enviaban a ciertos enfermos, sobre todo a los melancólicos, a los apagados, a curarse junto al mar. El mar daba paz, de la misma manera que despertaba el horror más absoluto, los temores más ancestrales, y la bestia que llevamos dentro.
Baricco sabe aunar esta dualidad del mar en su novela, con la figura de dos espacios diferentes que acabaran uniéndose. Uno de ellos, la posada Almayer, un lugar donde los niños vigilan los sueños, donde los adultos miden los límites del mundo o se pelean con un lienzo en blanco, incapaces de encontrar los ojos del mar. Un lugar en el que ocultarse, en el que salvarse, en el que encotnrarse. Y el otro, el mar. El embravecido océano que todo lo arrastra, que se alimenta de barcos y de náufragos; el mismo que es capaz de truncar un cerebro sano en uno loco. ¿O ya estaba ido ese cerebro y el mar simplemente lo liberó de su cordura?
Hay quien se sumerge en el mar y renace. Hay quien se sumerge en el mar y se atemoriza ante sus sonidos y sus oscuridades. Hay quien busca el horizonte sin descanso. Hay quien lo estudia, quien lo dibuja, quien lo ama y quien lo odia. Pero, normalmente, el océano no deja indiferente. Su belleza abruma, al igual que la prosa de este libro que te mece con la cadencia de las olas y las palabras.
Un lujo de la mano del autor que, al menos a mí, dejó con la boca abierta al escribir unos años después la extraoridnaria Seda.

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